El
daño medioambiental en la Región de Magallanes y Antártica Chilena es
altísimo y por ello es bueno hacerlo presente. Las consecuencias ya
están a la vista, como el cambio climático, que es el peor de todos y del cual se derivan,
entre otros males, el calentamiento global, la elevación de la
temperatura sobre la tierra, el deshielo de los glaciares que provoca el
aumento del nivel de las aguas en los océanos, la desertificación, las
intensas sequías
por un lado y el exceso de lluvias por otro, así como el desarrollo
cada vez más frecuente de tormentas tropicales y huracanes más intensos.
En los últimos días hemos visto cómo están siendo afectadas nuestra flora y fauna. La protección del medioambiente
es también deber de cada uno de nosotros, de forma individual, tomando
conciencia de que todo lo que nos rodea, el entorno en que nos
desenvolvemos, tenemos el deber de cuidarlo y protegerlo, es decir, al
barrio, la cuadra, el propio hogar y por extensión toda la ciudad, para
que nuestras vidas se desarrollen de forma más sana. En nuestra región
no es extraño ver a personas sin conciencia alguna ni responsabilidad
social, arrojando desperdicios, ya sea basura o escombros en las calles o
en los numerosos basurales clandestinos o también lanzando latas de
refrescos o cervezas vacías hacia parques y otros espacios públicos. En
pandemia hemos visto cómo se incrementa el arrojo de mascarillas en las
veredas. A esas agresiones al medioambiente
relacionadas anteriormente habría que agregar también el exceso de
ruido, una de las formas de contaminación ambiental más frecuentes en una región que se caracterizaba por la pasividad. Debemos cambiar nuestras conductas, más temprano que tarde.