Debo confesar que esta
columna no es totalmente de mi autoría, también cuenta con la pluma de
mi viejo, que, desde Santiago, ha tenido que ver cómo un entrañable
amigo de toda su vida se marcha y, con él, se va una historia importante
del Partido Socialista en Magallanes.
Durante
los últimos tiempos, la generación a la que pertenezco ha visto de
cerca transitar la muerte. Hemos ido durante la pospandemia despidiendo a
hombres y mujeres que supieron dejar huellas profundas en toda nuestra
región.
Hace
solo unos días nos dejó un gran hijo de esta tierra, un compañero,
emblemático militante, Dante Manuel Panicucci Bianchi. Llego a la vida
de Dante a través de mi padre, su amigo. Lo aprendí a conocer y saber de
su historia. Confieso, terminé admirando su legado de lucha y el
abrazar un Chile mejor.
Militante
desde los 15 años, en su casa paterna, con don Manuel en la cabecera de
la mesa familiar, hablar de política era un rito habitual. Era que no,
si en la tertulia diaria estaba Nelda, una mujer imprescindible en el
Partido, en el aula, en el servicio público y el deporte.
De
esa rica vertiente alimentó su temple y espíritu nuestro querido
compañero Dante Manuel. Liceano, ganadero, socialista, exalcalde de Río
Verde y consejero regional, pero, más allá de aquello, fue Dante un ser
humano de hermandad, simpleza, solidaridad permanente, de conversación
rica e interminable, con la que conquistó un millón de amigos, pasando
por sobre todas las diferencias.
Dante
hizo familia y, junto a Isabel, le deja a la región dos hijos y nietos
que, más temprano que tarde, sabrán de las andanzas de su abuelo. Atrás
queda el anecdotario, la historia de una vida digna, las heridas del
alma que le dejaron aquellos aciagos días de dictadura cívico-militar,
que dejara a una generación herida. Sin embargo, Dante las supo curar y
cicatrizar, para marcharse en paz, sin odiosidades y revanchismos.
Durante
los días de velorio eran muchos los y las compañeras socialistas que
llegaron hasta su despedida. En el Cementerio Municipal de la ciudad se
escuchó con fuerza y melancolía la Marsellesa Socialista y con nostalgia
el Tamo Daleko, que tantas veces susurraron nuestros presos políticos
en isla Dawson.
Querido Dante, sigues muy vivo y siempre presente, en el recuerdo y corazón, de quienes orgullosamente nos sentimos socialistas.
Ahora y siempre.