De certificaciones y pataletas

Ante
los resultados electorales del proceso constituyente que otorgan una
clara ventaja al mundo independiente y de la lista Apruebo Dignidad, se
han alzado quienes contra la evidencia persisten en una interpretación
de los hechos que desconoce los efectos de la mayor crisis social y
política desde que recuperamos la democracia en 1990. Una reacción
peligrosa es plantearse desde el proscenio de una supuesta superioridad
moral y política, que permite exigir a los demás certificados de buena
conducta, que garantice gobernabilidad, crecimiento económico y respeto a
los derechos fundamentales, para ello se invoca adhesión a un proyecto
unitario y de alianzas electorales que se demostró fallido en la Nueva
Mayoría, que en realidad no fue nueva ni de mayoría, sino que
incongruente, lo que se demostró en las claras insuficiencias del pasado
Gobierno, en obtener adhesión a su inspiración programática, sin que
trascendiera la barrera de su vocación transformadora y pudiera
concretar siquiera una moderada reforma constitucional.

Las
calles han sido el escenario de movilizaciones masivas a través de las
cuales se canalizaron esas frustraciones. En ellas hemos visto rabia,
temor, hastío e incertidumbre, pero también expectativas, esperanza. La
movilización social ha abierto la posibilidad de darnos un verdadero
pacto social y redefinir estratégicamente los ejes de nuestro desarrollo
institucional y político, todo lo cual se expresa en los resultados del
proceso constituyente. La asamblea tiene la composición, amplitud,
representatividad y la legitimidad indiscutida de un proceso electoral
impecable, realizado ahora durante un gobierno de derecha previo a un
acuerdo político inteligente, ejecutado con la audacia posible.

En
las actuales condiciones no es posible la resurrección, sino que asumir
que la Concertación ya no admite parches y un nuevo trato, ha sido
superada por su propio éxito, el cual generó estabilidad política y
crecimiento económico, pero también mostró que el descontento acumulado
puede convertirse en nuevas formas de violencia, de sectores sociales a
los cuales no llegó la bonanza del modelo. Nada de esto permite exigir
al mundo social adhesión o infundir temores que en forma directa o
indirecta nos quieren retrotraer al viejo lenguaje de la guerra fría.

Un
intento desesperado es resucitar el fantasma del anticomunismo, invocar
el estado de pandemia o la escasa participación ciudadana, para
cuestionar los resultados o al menos explicarlos sin perecer en el
intento; lo cierto es que todos los proyectos se expresaron en igualdad
de circunstancias. La asamblea constituyente es rica y diversa en su
composición, pero con una pluralidad que impide los vetos, en eso
consiste el triunfo de Chile, sin que ningún sector social o político
tenga por sí mismo la propiedad del voto independiente y esté en
situación de exigir a otros certificado de buena conducta que garantice
gobernabilidad, crecimiento económico, respeto por derechos
fundamentales y un nuevo estatuto para los derechos sociales.

El
triunfo de la democracia se expresará en una nueva Constitución que
será fruto del debate y la participación ciudadana sin tutelajes ni
resguardos institucionales que aseguren a unos la calidad de eternos
ganadores y relegue a otros a la calidad de perdedores o forzar alianzas
no deseadas para granjearse una mayoría solo circunstancial, sin unidad
programática y objetivos. El desafío es enorme, porque obliga a una
auténtica negociación no solo para ganar una elección, sino que para
redefinir un modelo de desarrollo que claramente no ha satisfecho los
mínimos comunes indispensables para garantizar el orden democrático e
instituciones reconocidas por todos, no solo en su validez sino que en
su eficacia.

Morigerar
el lenguaje y las reacciones es un primer ejercicio necesario; en un
mundo que superó la guerra fría y en un país que tampoco parece
dispuesto a renunciar a los logros alcanzados, de nada sirve pedir
certificaciones, renunciamientos, hacer berrinches o pataletas, al menos
para quienes valoramos el proceso de transición, con todas sus
insuficiencias pero también con todas sus grandezas.

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