Recuerdo como si fuera hoy un viaje que realicé hace ya casi tres años por aquellos parajes de extraordinaria belleza, marcados por una naturaleza regia e indómita, agreste y heladora, siempre ventosa y dura. Conocía Chile ya de unas cuentas ocasiones anteriores pero este viaje era diferente, iba a conocer el extremo sur chileno, la región magallánica, alguno de sus impresionantes glaciares, las Torres del Paine e incluso la isla de la Tierra del Fuego.
El recorrido superó con creces mis expectativas iniciales y, por supuesto, tuvo parada en la colorida ciudad de Punta Arenas, vigía del Estrecho de Magallanes, aquél anhelado paso entre los dos océanos hallado por un puñado de valientes al servicio de la Corona española y comandados por Fernando de Magallanes hace ahora 500 años. Lo surcaron superando mil penalidades y salieron a unas aguas inmensas que quedaron para siempre bautizadas como océano Pacífico, la misma mar del Sur que había descubierto Núñez de Balboa pocos años antes, en 1513.
Como comprenderán, la imponente estatua que tiene el navegante Fernando de Magallanes en el corazón de Punta Arenas no es casualidad y es uno de los puntos que todo turista o visitante acude a contemplar. Así lo hizo un servidor, tocando el pie del inmenso patagón para, según la tradición, regresar algún día por aquellos lares.
Desde Chile llegan estos días noticias trágicas y muy alarmantes. Protestas, disturbios, saqueos, muertos y heridos que espero no hayan borrado de golpe con los muchos años de merecida buena imagen que este bello país atesoraba ante el resto del mundo. Un ejemplo de estabilidad, alternancia democrática, funcionamiento de las instituciones y seguridad para los inversores y visitantes.
En medio del caos y el descontento social siempre sale lo peor de nosotros mismos y de nuestras sociedades. Eso es así, en Chile, en España y en todas partes. Punta Arenas, en el extremo austral del alargado territorio chileno, no se ha librado de las protestas y tumultos contra un gobierno que deberá afrontar reformas urgentes en materia económica y social para paliar, aunque sea en parte, las necesidades y demandas de buena parte de la población.
Como les decía, las manifestaciones y protestas llegaron a Punta Arenas y el bueno de Fernando de Magallanes también las sufrió en sus carnes. No es la primera vez que la estatua del navegante es pintarrajeada y vejada con proclamas de todo tipo en tinta roja y de otros colores aparte de otros daños sufridos en su estructura. Quienes esto hacen, obviamente una minoría execrable, atentan contra el patrimonio histórico y cultural de su propia ciudad. No sé si saben a quien están ultrajando, si no lo saben, malo y si lo conocen, todavía peor.
Esa bella estatua de Magallanes simboliza el hallazgo del estrecho que lleva su nombre pero no debe olvidarse que dicho descubrimiento se realizó en el marco de una de las mayores gestas de la humanidad, la que supuso la navegación posterior por el inmenso océano Pacífico hasta dar con las islas Molucas y que acabó suponiendo la primera circunnavegación del orbe completada por Juan Sebastián Elcano, marino de Guetaria (Guipuzcoa), tres años después de su partida desde Sevilla.
Quienes atentan contra ella lo hacen también contra la memoria de los más de 220 hombres que se dejaron la vida en aquella heróica expedición, incluido el propio Magallanes. Tan sólo dieciocho hombres regresaron con Elcano para contarlo en una desvencijada nao Victoria.
Me consta que el alcalde de Punta Arenas, don Claudio Radonich, está poniendo todo su empeño en limpiar y reparar la estatua del famoso navegante. Seguramente cuando estas líneas se publiquen Magallanes volverá a lucir en todo su esplendor. Mi respeto y apoyo. Espero también que las cámaras de la zona logren identificar a alguno de los sujetos que perpetraron este nuevo ataque al patrimonio chileno y, me atrevería a decir, de toda la humanidad. Más que nada para que sean sancionados con todo el rigor que la ley posibilite y que sean ellos o sus papás quienes paguen la cuantiosa factura. De esta manera igual se les quitan las ganas de volverlo a hacer y, si no es así, por lo menos el coste de reparar sus desmanes saldrá de sus propios bolsillos.
Termino ya con aquella bella estrofa de don Alonso de Ercilla, aquél español, soldado y poeta en las guerras de Arauco que alabó con igual admiración y respeto a los españoles y a los bravos araucanos…
La gente que produce es tan granada,
tan soberbia, galladora y belicosa,
que no ha sido por rey jamás regida
ni a extranjero a dominio sometida.
No sé ahora, pero hasta hace no mucho tiempo la “Araucana” de Ercilla era estudiada y recitada en la escuela. Espero que, cuando estamos conmemorando los 500 años del Estrecho de Magallanes y la primera vuelta al mundo, a los alumnos también les hablen un poco de Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano.
Por supuesto y sobre todo, a los escolares de Punta Arenas…
Un abrazo a todos los chilenos.