De regreso al bipartidismo

Desde
el retorno a la democracia en marzo del año 1990, por disposición de la
ley electoral vigente en esa época, el país se dividió en dos grandes
bloques políticos que elegían dos Diputados y dos Senadores por distrito
y circunscripción, respectivamente. Esto obligó a los partidos
políticos a ponerse de acuerdo y a negociar intensamente para llevar
normalmente sólo dos candidatos en cada elección parlamentaria. El país
siguió en democracia, con la estabilidad institucional de años
anteriores, siendo el bipartidismo fundamental para que se moderaran las
políticas públicas en esos años. Como consecuencia, el país tuvo un
desarrollo económico y social que hoy es visto con nostalgia por quienes
vivieron esos años dorados del país. Pero ese bipartidismo estaba
institucionalizado y de alguna manera, acomodaba a las fuerzas políticas
de entonces. Además, tuvo la virtud que las ideas radicales no tuvieran
cabida porque al tener estas, en general pocos votos, no sumaba a la
lista que llevara a un candidato de ideas radicales.

Llegó
el año 2015 y por insistencia de fuerzas políticas radicales a las
cuales la ciudadanía reiteradamente les negaba su voto, se termina con
el sistema binominal. A ello contribuyeron también parlamentarios de
derecha, debe decirse. Comenzaron a florecer partidos políticos pequeños
y sin un especial arraigo en la población. A partir de entonces, este
ha sido un factor importante para el declive del sistema político e
institucional del país. Tan así, que el actual Presidente de la
República no pertenece a partido político alguno que esté inscrito, sino
a un movimiento político que no ha podido reunir las firmas para ser
una formación política institucionalizada.

Existe
un amplio consenso en que debe reformarse de manera urgente el sistema
político del país. La proliferación de grupos y grupúsculos que compiten
por curules en el Congreso y su posterior instalación en los cargos, ha
implicado un acusado deterioro en la calidad de la actividad política.
Parlamentarios con escasísima votación popular han llegado al Congreso,
con toda la falta de representación y arraigo en la población que esto
implica. Partidos o movimientos políticos con baja densidad
institucional y escasa representatividad, intervienen en decisiones
cruciales para el país. Este estado de cosas debe terminar lo más pronto
posible.

Ahora
bien, la vida se dice, tiene muchas vueltas y recovecos. Desde el año
2015 a la fecha, las fuerzas políticas por la polarización que estamos
sufriendo, se han ido “bipartidizando”. Con esta expresión se quiere
decir que los partidos políticos han ido entendiendo que reunirse en un
gran bloque de similares ideas, les puede dar mejores réditos
electorales que ir separados. Se está formando dos grandes bloques, uno
de izquierda y otro de derecha. Los partidos de centro de baja
incidencia electoral, han ido optando por uno de ellos. Este fenómeno
perfectamente lo entendieron quienes redactaron la Constitución de 1980 y
la ley electoral de esa época. Sabían por la experiencia anterior al
año 1973, que la multiplicidad de partidos políticos había sido una de
las causas de la degradación política, que quiso remediarse en la ley
electoral con la que se inauguró el nuevo ciclo democrático chileno. La
diferencia con lo que está sucediendo ahora, es que el ensayo de un
sistema proporcional con pocas restricciones, ha llevado al país a un
declive institucional, que ya se había previsto en los años ’80, pero de
lo cual no se tomó la debida nota.

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