El paraíso de
Latinoamérica, como muchos nos han llamado, ha pasado a ser del “jaguar”
de la región, a tan solo un gato mojado que internacionalmente tiene
pésima imagen y reputación, atravesando uno de sus peores momentos,
tanto económicos con una disparada inflación que alarma profundamente,
así como una crisis democrática e institucional donde, pese a la
presunción de inocencia como un principio penal, tenemos un Presidente
de la República en calidad de imputado, esperando que sea la justicia
quien haga su trabajo y resuelva conforme a derecho el desarrollo de la
investigación, demostrando así que podemos volver a confiar en un dañado
poder judicial, porque para escribir con la verdad, sabemos que el
sistema no funciona como deseamos, con justicia para algunos, y graves
injustos para otros, cuya credibilidad baja cada día.
Con
este escenario, nos enfrentamos a una elección presidencial en un
momento donde confiar parece todo un desafío; momentos en los que
descubrimos cada día datos nuevos que nos obligan a todos en casa a
investigar la veracidad de las noticias; una elección marcada por
diferencias de odio más que por diferencias en la conducción de un país,
o en propuestas que nos motiven a participar en un proceso donde
podríamos reconstruir la voluntad de ser parte, a través del voto, de
nuestro desarrollo nacional y colectivo… pero en vez de convocar, nos
alejan. Nos aleja que, teniendo espacios para hablar de la importancia
de conducir Chile con ideas nuevas (sobre todo en minutos tan complejos)
no sepan aprovechar las plataformas para difundir planes y programas,
sino para enrostrar pasado y seguir utilizando la indeseable vieja forma
de hacer política donde prima la contra campaña en vez de levantar
imagen propia. Molesta ver odiosidades que no conducen a la unidad
necesaria para guiar nuestro país en los próximos años, porque sin duda
está permitido diferir, más aun cuando hay propuestas tan distintas en
juego, pero lo que no puede pasar es que aquellas diferencias se
transformen en peleas de niños donde no haya interés en consenso, o
donde no sepan reconocer en el otro la razón cuando la tenga, porque
reconocerles no significa perder, sino dignificar y humanizar la forma
en que hacen política a diario, ya no con dardos como acostumbraron
tantos años, sino con gestos de cambio tan pequeños pero potentes, como
aceptar que desde una vereda contraria, también hay verdad y buenas
ideas.
Sobre
el pasado ¿debate?, nada… solo pudimos ver guiños entre una desesperada
izquierda que parece jugar a la ronda tomados todos de la mano, donde
no haya ataque de ideas, quizás esperando un cupo “caiga quien caiga”.
Una izquierda que parece dirigir dardos a solo un candidato, a quien no
tienen problema en declarar la guerra, culpando o responsabilizando a
solo un sector, cuando han sido parte importante del problema y creen
traer ahora un medicamento mágico que, en cuatro años, dará soluciones a
esta enfermedad.
Estamos
cansados, de escuchar más de lo mismo, en los mismos rostros de
siempre, cuyos ataques no solo nos van alejando, sino que convocan a que
nuevamente el gran ganador de la elección, sea el candidato “ABSTENCIÓN”.