El
desarrollo tiene un carácter ambivalente. Por una parte, permite
descubrir signos de la grandeza del hombre y lograr mejores condiciones
de vida material para las personas y, por otra, se constituye en fuente
de grandes inquietudes y amenazas. Hoy, como nunca en la historia de la
humanidad, el hombre tiene poder sobre el propio hombre y se constituye
en su peor amenaza.
La
pregunta para evaluar el desarrollo de las naciones es si está o no al
servicio del hombre, de la mujer, de la familia y si todos los bienes y
servicios que surgen de él hacen la vida más digna.
Para
que ello acontezca es fundamental que junto con el aspecto económico
esté el moral, social y espiritual. Para que el desarrollo sea
auténticamente humano hay que mirar los índices económicos, por cierto,
pero también las relaciones interpersonales, el respeto entre las
personas, los niveles de justicia y equidad y la fraternidad
involucrados en él.
Una
sociedad que muestre flamantes índices económicos, pero también
individualismo y violencia, ha de cuestionarse profundamente. Observando
nuestro país, ¿no será demasiado estrecho el concepto de desarrollo que
tenemos? ¿No será hora de abrirlo a otros aspectos como lo son la
ética, la cultura, el fortalecimiento de la familia y una educación
centrada en el respeto por las personas, un irrestricto amor a la verdad
y en la lógica del compartir más que en la de competir? ¿No será hora
de dejar la ostentación y optar por lo simple? Cuánta razón tenía Jorge
Luis Borges al afirmar que “es tan triste el amor a las cosas; las cosas
no saben que uno existe.”
Muchas
personas, fascinadas por el embrujo de los bienes materiales,
experimentan una gran sensación de vacío que los ha llevado a una
búsqueda del sentido de sus vidas que en ellos no han encontrado. Creo
que Chile está obsesionado por los índices económicos, pero no ha sido
capaz de frenar la violencia, la destrucción de la familia, el malestar
que experimentan muchos jóvenes al sentir una gran soledad y, sobre
todo, las escandalosas desigualdades que aún subsisten en nuestro país.
Los resultados de la PAES es un buen termómetro de ello.
Es
urgente fortalecer los valores más profundos que anidan en el corazón
del hombre, como lo son el deseo de hacerse parte en la construcción de
un mundo mejor, el tener razones para vivir, el descubrir el sentido
trascendente de la vida y reconocer en el otro un don y no a alguien con
quien compito o del cual me tengo que defender.
Es
el tiempo de promover una cultura centrada en el ser y no tanto en el
tener. Solamente desde la centralidad del hombre y su dignidad será
posible una sociedad más justa y a escala auténticamente humana. Ello va
de la mano de una propuesta que tenga como prioridad a los más
necesitados. Cuando no se percibe un interés real por ellos y el
desarrollo pasa a concentrarse solo en unos pocos, las tensiones
sociales crecen. Eso lo estamos viviendo.
Creo
que todos los proyectos, tanto en el ámbito público como en el privado,
debiesen considerar qué tipo de desarrollo está en las bases de su
propuesta. Si todo proyecto o negocio llevase de la mano un componente
ético y educativo que considerase el lucro como un aspecto del proyecto,
pero no el más relevante, estoy cierto de que saldríamos de la pobreza y
mitigaríamos el drama de tantas personas que lamentablemente sienten
cómo el desarrollo pasa por su lado y que no solo no los toca, sino que
los agrede.