Democracia: de la teoría a las buenas prácticas

Ya
desde hace un buen tiempo a esta parte nos hemos dado en ocuparnos de
leer, escribir y hasta opinar de un concepto tan relevante como lo es la
democracia. Bienvenido sea el uso, buen uso y práctica del concepto que
ha inspirado el pensamiento de filósofos y teóricos sociales que en su
tiempo y época, a lo largo de la historia, han contribuido a la
interpretación de las sociedades e inspirado generaciones y colectivos
de hombres y mujeres que, donde es posible traducir finalmente en la
libertad de las personas.

Para
ser más estrictos y recurriendo a la RAE, encontramos acepciones
asociadas a democracia como, “Sistema político en el cual la soberanía
reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de
representantes”; “Forma de sociedad que reconoce y respeta como valores
esenciales la libertad y la igualdad de todos los ciudadanos ante la
ley”, y, “Participación de todos los miembros de un grupo o de una
asociación en la toma de decisiones.

La
idea y el concepto muy determinantes que tanto se ha esgrimido entre
aventureros, aquellos a los que se da en llamar líderes o caudillos que
no trepidan en utilizarla muchas veces de manera poco leal en busca de
espíritus débiles o ingenuos, políticamente hablando, claro está.

Los
matices, sentido o interpretación real y terrenal que pudiésemos
ofrecer a la democracia, en tanto concepto, en ningún caso podrá
desvincularse de su genuino alcance que no sea el ser humano como centro
de preocupación y con él, su libertad. En ellos se inspirará y
dependiendo del grado de conocimiento y convicción que represente en la
persona su manifestación, en la libertad de pensamiento u opinión.

Se
expresa la igualdad entre los miembros de la sociedad y los que a su
vez, van generando derechos básicos y elementales como la vida digna, la
salud, el trabajo o la educación.

Aquí
se quiere mencionar que, tanto la libertad como los derechos lindan con
la de los demás integrantes y cuya frontera es el respeto y la
solidaridad.

Mientras
los actores de esta gran obra se ciñan a lo que el reparto sugiere, el
modelo debería dar a los jóvenes por un lado, esperanzas y a los
mayores, añoranzas.

Dicho
lo anterior, es que llega el momento crucial y a la luz de los
acontecimientos, en el que debemos preocuparnos de que la teoría sea
hecha realidad, pero una realidad sin dobleces, sin engaños ni mentiras.
De lo contrario continuaremos responsabilizando a otros de lo que
nosotros hemos provocado en el tiempo.

Sabemos
que, nos resulta más cómodo, si ese otro ya no tiene espacio, tiempo ni
lugar a defenderse. De esa forma, lo único que obtenemos, es una
sociedad más agresiva y creyéndose dueña de una verdad única, que a
estas alturas, carece de sustentabilidad, legitimidad y credibilidad.
Hoy, todos requieren y exigen les hablen con la verdad y sin matices.

Añoramos
vivir en armonía, en paz, pero para que ello ocurra debemos corregir
las equivocaciones y enmendar rumbos. Situación probablemente compleja
porque atenta contra nuestro orgullo personal. Ahí está la prueba de
fuego, restaurar nuestra escala valórica, restituir lo dañado (el estado
de derecho por ejemplo), si fui parte de su deterioro, con qué
autoridad puedo recomponer o sugerir a otros lo hagan. Para sociedades
justas e igualitarias debe suceder un proceso de depuración. Difícil
pero no imposible.

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