El
batatazo que la lista del Pueblo dio en la elección de constituyentes
responde claramente a la crisis que los partidos políticos arrastran
desde hace tiempo y que mostró una de sus tantas caras en la inscripción
de las candidaturas a primarias de la centro izquierda, el miércoles
pasado. De alguna u otra forma la ciudadanía se aburrió de la manera en
que los partidos políticos han procedido y siguen procediendo, donde las
pugnas cupulares se traducen no solo en clientelismo, pitutocracia y
demagogia, sino en bochornos de proporciones que todos conocemos.
La
idea del independiente surge por contraste a lo que están representando
los partidos políticos en la realidad, no en las declaraciones de
principios ni en vocerías huecas de algunos de sus próceres. Es decir,
en contraste a las tendencias oligárquicas en el seno de los partidos,
más tradicionales pero también en los nuevos. Es que la ley de hierro de
las oligarquías es difícil de roer aunque se prometa mayor
horizontalidad.
Un
riesgo que tienen los independientes es ese. Derivar en nuevos
oligarcas del sistema político, del cual surge otro riesgo, que es
terminar conformando una especie de cuerpo donde ya no prima la
diversidad ciudadana, sino los vetos y objetivos definidos por quienes
muevan la maquinaria independiente. En ese sentido, la idea idílica del
independiente, como liberado de lo que se considera las lógicas espurias
de los partidos, no se sostiene cuando se visualiza que hay
organización detrás. Y es que los independientes no son ángeles libres
de tentación. Son tan humanos e imperfectos como cualquiera de nosotros,
como cualquier militante de un partido, y como dirigentes como Heraldo
Muñoz, Javier Macaya o Guillermo Teillier, por nombrar algunos
dirigentes partidarios.
Frente
a lo anterior, un error de los independientes electos sería presumir
que el triunfo concedido por los ciudadanos significa convertirlos en
una especie de entidad superior e inmaculada que encarna la voluntad
general. Sin embargo, aun cuando la ciudadanía desconfía de los partidos
políticos y quiere cambios, ésta preserva su diversidad en muchos
aspectos y dimensiones, tal y como se visualiza cuando distintas
personas manifiestan sus opiniones, creencias y anhelos o cuando se
organizan de forma heterogénea en torno a una variedad de asuntos. En
otras palabras, el descontento con el sistema político o la necesidad de
cambios en el marco social y político, no significa avenencia total de
la sociedad con los independientes electos para la constituyente.
La
idea de que los independientes encarnan una unanimidad pétrea podría
hacer presumir, en el contexto de la crisis de representatividad, que
aquello hace innecesarios a los partidos políticos existentes. Algo de
eso hay sin duda. Irónicamente, aquello podría terminar por acabar con
la diversidad ciudadana, al abrir paso a la cooptación de los
independientes por parte de algún partido con mayor capacidad
organizacional y disciplina que se alce como la vanguardia del pueblo.
No hay que olvidar que, por ejemplo, pretender unificar la diversidad
popular bajo la idea de una voluntad general se tradujo en el afán
autoritario y antidemocrático de los jacobinos y los bolcheviques. Ambos
acabaron con organizaciones populares diversas, impidiendo la libre
asociación de los obreros y campesinos, persiguiendo a los disidentes
(que nunca son solo aquellos que se oponen a la opinión de los
dirigentes, sino aquellos que cambian de opinión), acabando así con la
libertad de conciencia. Es decir, en nombre de la democracia terminaron
asfixiando a la sociedad. Este nefasto criterio también lo impulsaron
los fascistas en Italia y Alemania promoviendo la cooptación de la
sociedad civil mediante órganos populares estatalmente manejados por los
dirigentes que decían representar al pueblo.
Algunos
dirán que los contextos son distintos y que no hay que ser exagerados. Y
algo de razón tienen. Pero así como los partidos, incluso los nuevos no
se liberan de las tendencias oligárquicas. Los pueblos también pueden
caer presa de su propia desmesura. Es de esperar que la llegada de los
independientes a la Convención signifique más espacios para la
diversidad, el pluralismo y el diálogo abierto entre distintas personas.
Mal que mal, nadie puede presumir ser vocero de la conciencia de otros.