Descalificaciones en tiempos de diálogo

La
irracionalidad y el fanatismo se apoderaron de las últimas elecciones,
siendo las descalificaciones entre partidarios de uno u otro bando la
principal argumentación, tanto en redes sociales como en el discurso de
candidatos, dejando de lado la discusión de propuestas y soluciones a
los problemas que urgen a la ciudadanía. En muchas ocasiones es posible
que estas posturas provengan de la necesidad de conquistar electorado,
de marcar diferencias; sin embargo, se hacen sin importar que los
contenidos sean verdaderos, a medias o falsos. Quizás sea el reflejo de
miles de frustraciones y rabias acumuladas, pero no dejan de ser
impresentables cuando provienen de candidatos o dirigentes que pretenden
conducir los destinos y el desarrollo del país. Su postura impide la
discusión democrática, la construcción de mayoría y las soluciones a las
demandas ciudadanas.

Quienes
participamos del debate político debemos marcar con claridad y
convicción nuestras diferencias, pero con ecuanimidad, respetando a
quien piensa distinto a nosotros. Nadie tiene derecho a descalificar e
insultar la posición contraria de un eventual y muchas veces transitorio
rival electoral. Ciudadanos, dirigentes y mandatorios descalificando a
quienes tienen una opinión contraria sindicándolos de fachos, traidores,
amarillos o vendidos (entre otros), pretenden con ello instalarse desde
una superioridad moral, cuando en realidad lo que ocultan es una
limitada capacidad de propuesta y una mala lectura de la realidad
nacional y las posibilidades efectivas de cambio. La postura de algunos
genera distanciamiento y enemistad en fuerzas electorales que
necesariamente tienen que converger en algún momento.

Esta
postura política de superioridad moral, con una extraña mezcla de
soberbia y autoritarismo, se ha apoderado de algunos actores políticos y
candidatos en tiempos de campaña. Hay muchos candidatos que no solo se
creen mejor al resto sino además superiores, y miran hacia abajo y en
forma despectiva a quienes proponen otras ideas. Este estilo de campaña y
política conlleva no solo al distanciamiento y radicalización de
posturas, sino además peligrosamente nos acerca a un clima de violencia,
inicialmente verbal pero que podría derivar a otro tipo de expresiones.

La
oposición, de uno u otro bando partidario, más aquellas fuerzas
organizadas no militantes, deben hacer un esfuerzo en concentrarse en el
momento político, social y económico que vive el país y, en base a
ello, proponer soluciones concretas. Chile despertó y nos exigió
hacernos cargo de las profundas desigualdades, injusticias y
precariedades que vive la población, y hasta ahora solo hemos ofrecido
división, egoísmos y proyectos y cálculos propios. No hemos sido capaces
de superar nuestras diferencias y ofrecer una alternativa mayoritaria
que resuma posiciones unitarias para transformar Chile, y hacerlo ahora,
a corto plazo, más vivible para todas y todos los chilenos. Todos
debemos y podemos aportar, porque sabemos que los pobres, los
postergados, no pueden seguir esperando.

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