Descontento y un Nuevo Pacto Social

Al
momento de entregar esta columna aún no se ha resuelto el mecanismo
mediante el cual se preguntará a las chilenas y chilenos sobre si están
de acuerdo con redactar una nueva Constitución y quiénes debieran asumir
dicha tarea. Hecha la aclaración, quiero referirme a la necesidad de
una nuevo pacto social y los principios que lo debieran inspirar.

Mucho
se ha dicho y escrito sobre que nadie vio venir este estallido social,
pero hay coincidencia en que estaban todos los elementos necesarios en
estado latente, esperando la chispa que encendiera el fuego que en este
caso no ha sido una metáfora, sino que una realidad. “No son 30 pesos,
son 30 años”, ha sido la consigna que se instaló como el resumen de un
sentimiento de abuso que gatilló este descontento ciudadano.

Han
sido muchas las demandas que se han escuchado en las marchas y
movilizaciones pacíficas, pero creo que si hiciéramos un resumen de
todas ellas y las transformáramos en los principios que debieran
inspirar un nuevo pacto social, creo que serían Igualdad; Justicia;
Solidaridad y Dignidad. Es cierto que nuestro país ha avanzado mucho en
estas últimas décadas en materia económica y social, pero también es
verdad que muchos de esos avances no fueron percibidos de igual manera
por toda la ciudadanía. Aquello se ha expresado en un dicho popular
incuestionable: “Está mal repartida la torta”.

En
un sistema neoliberal a ultranza como el que ha funcionado en Chile e
impuesto durante la dictadura militar por los “Chicago Boys”, el
denominado modelo chileno prometía que el crecimiento al final nos
beneficiaría a todos bajo la lógica del “chorreo”. Lo cierto es que
muchos sectores que ascendieron a la clase media habitan ese espacio con
un sentimiento de constate precariedad y albergan el temor de caer
nuevamente en la pobreza ante algún evento catastrófico como un cáncer,
que hoy en Chile puede significar la ruina de una familia.

Este
nuevo pacto social debe considerar una concordancia efectiva entre el
crecimiento económico del país y las condiciones de vida de quienes
contribuyen con su trabajo a ese desarrollo. Pero eso debe ir acompañado
de ciertas condiciones básicas de cuidado y dignidad para cada persona
que abarquen la protección en la vejez, y el acceso a educación y salud
de calidad independiente del bolsillo.

No
es tolerable y causa indignación que grandes empresarios se coludan
para robarle a millones de chilenos y la sanción que reciben sea una
multa exigua y asistir a clases de ética, versus un joven que muere
asfixiado en un incendio en la cárcel por haber vendido discos compactos
en la calle. Eso es violento e injusto y una sociedad que quiere
desarrollarse en paz y armonía no puede permitir que eso sea “normal”.

Este
sistema nos ha tratado durante muchos años más como clientes que como
ciudadanas y ciudadanos. Los mall reemplazaron a las plazas y el tener
cada vez más cosas se asoció a felicidad, pero ya sabemos que ese saco
nunca se llena. El desafío es cómo, entre todos, construimos una
sociedad que vuelva a poner al centro a las personas, respetando su
dignidad y donde no se nos valore y trate por cuánto tenemos sino por
quienes somos. Nos hemos trasformado en una sociedad donde normalizamos
que cada uno se rasque con sus propias uñas y quien no pueda ¡mala
suerte no más! Esa lógica ya no da para más y a partir de esta crisis
debemos construir un Chile más solidario donde el más fuerte apoye al
más débil para que avancemos todos juntos.

Creo
que un elemento central que debe ordenar lo que queremos para nuestro
país es la dignidad de las personas, independiente de su nivel
socioeconómico, su lugar de residencia, su etnia, tendencia sexual o
cualquier otra consideración. Eso debe traducirse en un mejor trato y
para eso no necesitamos ni una ley ni una nueva Constitución, sino que
reconocernos como iguales y pasar de la tolerancia al respeto.

Confío
en que todas y todos tengamos la sabiduría, generosidad y humildad de
concordar el mejor camino para construir las bases de un país mejor, más
justo y solidario, que marque la senda por la que transitaremos por
este nuevo siglo que está lleno de oportunidades y enormes desafíos. El
éxito de esa tarea implica la participación activa de la ciudadanía
reflejada en toda su diversidad a través de un mecanismo democrático que
nos sirva para construir la casa común que nos cobije a todas y todos,
en un país en paz y con orden social.

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