Desde la centralidad

Del resultado del plebiscito pasado
se seguirá escribiendo por mucho tiempo y será sin duda objeto de
análisis y estudio posteriores. En la historia nacional destacan hitos
que de alguna manera marcaron un antes y un después y muchas veces
realinean las fuerzas y el panorama político posterior. La revolución
del año 1924 que dio paso a la Constitución del año 1925; la llegada al
poder mediante elecciones del marxismo el 1970 con Allende a la cabeza;
el Golpe Militar del año 1973 que dio por terminada la gravísima crisis
institucional y económica del gobierno del gobierno marxista de la
Unidad Popular; el plebiscito del año 1988 que marcó de manera
democrática el término del Gobierno Militar; y ahora el Rechazo al
proyecto político y cultural de la izquierda del
4 de septiembre pasado.

La
derrota del ideario de una izquierda elitista, globalista y
especialmente desconectada con aquellos que paradójicamente dice
defender, fue elocuente. Y precisamente por su distanciamiento con los
anhelos de las clases más desposeídas es que el ambicioso proyecto
sucumbió de manera irredargüible. Sin embargo sabemos que no cesarán en
hacer de Chile un país socialista y dejarlo lejos de una economía libre
que tantos beneficios ha traído a la sociedad. Alegra escuchar a quienes
en el plebiscito de entrada estuvieron por el apruebo, ahora
reivindican con seguridad y cierto orgullo lo realizado por el país los
últimos treinta o cuarenta años de historia nacional.

Tenemos
entonces dos bloques claramente diferenciados en la política nacional:
un 38% que estuvo por refundar el país y votó apruebo en el plebiscito
recién ocurrido. Este es un voto duro e impermeable a la realidad. Y por
otro lado un voto de derecha que desde el año 1988 no baja del 43% del
electorado, dato que podemos tomarlo sin temor a equivocarse del
plebiscito de ese año y de la última elección presidencial. Una
generación nueva ha crecido y este porcentaje no baja, lo que es digno
de análisis en el concierto latinoamericano. El saldo del 19%
corresponde hoy por hoy al llamado centro político que ha sido carcomido
más por la izquierda radical que por la derecha. La crisis de la
Democracia Cristiana en particular y el término de la Concertación dan
cuenta de este hecho. Síntoma también de este fenómeno es la aparición
de los Amarillos que tuvo un particular éxito en transmitir su mensaje
en la campaña del plebiscito y que ahora pretende convertirse en un
partido político para intentar llenar el descampado centro político.

Teniendo
en cuenta estos datos a la izquierda radical se le enfrenta desde la
centralidad y no desde la trinchera ideologizada del extremo opuesto.
Debemos pasar página al enfrentamiento y odio por el bien supremo del
país y dar una alternativa de derechas, sin complejos y con propuestas
basadas en la libertad, la justicia y la solidaridad, valores que no son
plenamente compartidos por ciertos sectores de la izquierda para
quienes la libertad es relativa; la justicia es sólo social y no basada
en el esfuerzo y superación personal; y la solidaridad sólo puede
provenir del Estado y no de individuos conscientes y éticamente
responsables.

Mientras
muchos en la derecha dan perdida la batalla cultural, la realidad
muestra un dato en contrario, porque hay que insistir en que el ideario
de la ultra izquierda que es altamente ideologizada, varó el 04 de
septiembre; fue un frenazo para muchos insospechados, pero que dejó al
descubierto las debilidades de esa izquierda y el espíritu
indomablemente libertario del país.

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