Después
de tanto tiempo de desencuentros, de no encontrar consensos relevantes,
se ha ido haciendo carne un insospechado acuerdo en parte importante de
la sociedad y de las diversas fuerzas sociales y políticas. Los caminos
de Dios son inescrutables y a veces por donde menos se piensa que
ocurrirán los acontecimientos, ellos suceden por cauces inesperados.
Aprobar para reformar y Rechazar para reformar piensan y dicen muchos de
uno y otro lado del espectro político. Como en la intersección de los
conjuntos, el punto común de ambas posturas es la de reformar lo que
existe en la actualidad o lo que pudiera llegar a existir. Cada vez más
voces están pensando lo que para muchos es evidente ya: el proyecto de
Constitución es un mal proyecto que tiene fallas estructurales en el
sistema político con la majadería de la plurinacionalidad; el fin del
Senado; el muy bajo umbral de Diputados para aprobar leyes; el fin de
leyes especiales ideadas para materias muy importantes para la sociedad;
el fin de Poder Judicial y un sistema racista. Cada vez más gentes no
están digiriendo bien un sistema político construido con las ideas de
una minoría que termina con más de doscientos años de historia
republicana. A pesar de ello y de la evidencia y casi como un limpia
conciencias para que no se les tilde por la ultra izquierda de desleales
o no progresistas, se resisten a votar Rechazo. No vaya a ser que les
expulsen de su partido político o sean motejados de fascistas y
traidores. Estas personas tímidamente esbozan que quieren aprobar, pero
de inmediato trabajar para reformar lo que les parece son aberraciones
jurídicas y políticas del proyecto de Constitución.
Hay
por otro lado quienes enarbolan la bandera del Rechazo y al igual que
los aprobadores reformistas, afirman a renglón seguido que rechazarán
para acometer importantes reformas a la Constitución vigente. Les parece
el proyecto a plebiscitar uno que divide casi de manera irreconciliable
al país, cuando la tarea de la Convención era precisamente redactar un
texto que interpretara de la manera más inclusiva posible, las distintas
visiones y sensibilidades del país actual. Entienden que en esta
esencial labor que se les encargó, fracasó la Convención Constitucional y
que a partir de rechazar su proyecto, el país de manera rápida se debe
entregar a la tarea de reformar lo que la ciudadanía pidió durante
muchos años. Claramente refundar
el país nunca estuvo en la mente de la gran mayoría de los chilenos. Si
ha existido un reclamo transversal en la sociedad chilena ha sido
conseguir mayores niveles de igualdad, que no tiene que ver
necesariamente con los aspectos económicos de las familias, sino con el
acceso igualitario a una mejor educación para los hijos; una mejor y
oportuna salud; mejores pensiones y algo más. Sin embargo el proyecto de
Constitución paradójicamente va en el sentido contrario, creando una
desigualdad estructural en la sociedad chilena.
Escuchar
a la gente de bien y al chileno de a pié en su profundo sentido común
que proviene de lidiar con la dureza de la vida, radica la feliz idea de
comenzar a trabajar en reformas puntuales que hagan más llevadera la
existencia, pero que se aleja de la refundación y de cambiar todo por
cambiar. Hay una mayoría silenciosa que entiende que reformar después de
Rechazar es bastante menos dificultoso que reformar después de Aprobar,
pues la tentación de no cambiar nada si el proyecto de la ultra
izquierda triunfa es peligrosamente alta, dado el talante ideológico y
dogmático de los autores del proyecto en curso.