Después del 11

Es confuso y muy interpretativo hacer un balance de la conmemoración de los 50 años del Golpe Militar. Muchos actores desde distintas posiciones y desde distintos hitos del tiempo y la memoria enfatizaron hechos, algunos con honestidad, otros con interés político electoral, algunos desde la trinchera y otros con una mirada de futuro. La cuestión es que en el trasfondo vimos una puja, una planificación comunicacional, un bombardeo de cuñas, que buscaban a 50 años escribir la historia del Golpe Militar. En este libro abierto, que aún tiene páginas en blanco, algunos relevaron la importancia de la democracia y la necesidad del diálogo y entendimiento para cuidarla, en antítesis a otros que justifican un golpe de Estado, la interrupción de la democracia, como una forma de poner fin a una administración que (según ellos) vulneró la constitución y las leyes. La centro-izquierda intentó reivindicar el Gobierno y el programa del presidente Allende, enfatizando el respeto irrestricto a la democracia y los derechos humanos, mientras la centro-derecha puso su esfuerzo en culpar a la Unidad Popular por condicionar el Golpe de Estado (para ellos inevitable), en revisar justificaciones del golpe más que en sus consecuencias. La primera conclusión es que la sociedad chilena aún está profundamente dividida y muy lejos del entendimiento y tesis comunes.

El ambiente en Chile en esta conmemoración no era el ideal para buscar la madurez política en relación a conclusiones comunes sobre el Golpe de Estado y la dictadura que desencadenó. Es esta ocasión lo hicimos frente a la arremetida ideológica de la extrema derecha desde una reciente victoria electoral, lo hicimos desde el fracaso de un proceso constituyente y en medio de un segundo intento de redactar una nueva constitución, discutiendo las reglas que nos harán convivir en sociedad, lo hicimos con una sociedad que hace poco mostró su descontento ante las condiciones de vida y que ve pocas soluciones a sus problemas basales y apremiantes, lo hicimos también en medio de una sociedad en donde pequeños grupo organizados (pero masivos y alborotadores comunicacionalmente) exigen con inmediatez el Chile del mañana. En este contexto no era fácil poder cultivar un ambiente de unidad y la verdad de las cosas los principales actores políticos, desde el presidente hacia abajo, no estuvimos a la altura que el momento y la historia ameritaba.

A 50 años tenemos una sociedad dividida desde distintos aspectos más allá de lo político. Nuestra sociedad no logra tener un relato común, no logramos ponernos de acuerdo sobre como debemos convivir armónica y justamente en sociedad. La mezquindad política, cívica, ideológica, cultural y socioeconómica lograron una vez más imponerse frente a los desafíos de una sociedad asfixiada, desorientada y confundida. Los riesgos de ello es que ante necesidades y malos lideres la ciudadanía puede llegar a confundir valores propios de la democracia y la sana convivencia, simplemente porque no alcanzar a percibir la diferencia. 

De cara al futuro prefiero quedarme con la serenidad del presidente Allende, en medio de la tragedia, haciendo un llamado a la esperanza en esas nuevas generaciones que superaran ese momento gris y amargo. Me quedo con los deseos del presidente Boric (luego de una larga confusión de rol y objetivos) para un Chile en donde “nunca más la violencia debe sustituir el debate democrático; las violaciones a los derechos humanos se condenan sin importar el régimen político que los viola, y la unidad debe imponerse a la fragmentación”. Me quedo con la consecuencia democrática de los 13 demócratas cristianos que a dos días rechazan el Golpe Militar. Me quedo con la defensa de los derechos humanos de la Iglesia Católica y tantas otras organizaciones que arriesgaron la vida por lo que debe ser la sana convivencia. Me quedo con el gesto del ex presidente Piñera concurriendo al llamado de unidad del Gobierno, aunque ello contradijera a su mundo. Me quedo con esas generaciones nuevas de políticos de derecha que hoy no reivindican el Golpe de Estado, conscientes de las consecuencias que provocó. Para que nunca más el crimen, la barbarie, el genocidio, la intolerancia, se apoderen de nuestra convivencia.

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