Día de la conciencia

El
5 de abril se conmemora a la conciencia, como un modo de fomentar el
cambio desde nuestra cosmovisión egoísta a la de la empatía con la
realidad, con nuestros semejantes y con el medio ambiente. Sin duda en
un mundo tan convulsionado por los problemas que los mismos hombres se
generan al dividirse en sectores de izquierda y derecha; entre
cristianos, judíos o musulmanes; entre europeos o tercermundistas; entre
ricos o pobres; entre blancos, negros o amarillos; es necesario crear
la conciencia de que, independiente de la condición social, territorial o
de raza de la que se provenga, es necesario ir buscando arribar a una
cultura de paz.

Desde
el conflicto global que se está generando en Ucrania, en que nos
quieren meter y sacrificar con sus efectos colaterales de los cuales no
estaremos exentos, llegamos a los problemas locales derivados de la
violencia en La Araucanía, a los generados en los vecindarios, en las
calles de nuestra ciudad y, lo que es más grave, en los colegios donde
la convivencia parece que ya no se puede dar.

La
conciencia no está limitada a lo que uno percibe, conoce y aprende, que
es lo más cercano, visible y perceptible, donde cada uno puede afirmar
que “vive en la realidad”. Lo que busca esta fecha es profundizar en el
ser humano y con ello llevarla a un sentido más social, instando la
protección a las generaciones futuras para que, ante eventos como la
guerra, las depresiones, los desastres naturales, las contiendas de
ideas, se actúe con valores de justicia y solidaridad. De esa manera
surge el concepto integral de los derechos humanos, el cual muchos lo
restringen solo a los casos de violación de nuestra integridad física o
psíquica.

La
mejor manera de entender lo que es conciencia social fue cuando nos
vimos restringidos a circular debido a la amenaza del coronavirus en el
mes de marzo de 2020. Allí, sea por miedo o no, nos vimos obligados a
permanecer en nuestros domicilios, viendo las noticias de un mundo
también confinado. Entendimos que, ante una situación imponderable, como
lo fue la trasmisión imparable de ese bicho, lo mejor era protegerse y
de esa manera podríamos limitar sus efectos. Entendimos que era
necesario, tanto como el uso correcto de las mascarillas, y hoy estamos
llamados a profundizar esa conciencia y es responsabilidad reforzarla
por todos los medios posibles.

Nuestro mundo está colapsado debido a un parque automotriz que crece de manera
irrefrenable y que altera la vida de los estresados conductores;
estamos padeciendo sed gracias al innegable cambio climático y con ello
amenazando de hambre al mundo; los mares están contaminados y nuestro
aire ya no es puro y solo nos estamos acostumbrando a ello. La ambición
de poder corroe con la sangre que es capaz de derramar con miras a
conseguir los objetivos de quienes quieren liderar. La ignorancia gana
terreno gracias a las entretenciones que nos brindan los celulares y la
televisión basura. Por ello es necesario un llamado a todos los
interesados en fomentar la cultura de la paz y la tolerancia a crear
conciencia. En silencio o ausencia de los tradicionales representantes
de la moral deben ser los maestros los que deben motivar esa cultura en
los niños más pequeños, quienes a su vez son los únicos capaces de
generar vergüenza y frenar la altísima agresividad de sus padres
mientras conducen y que se burlan de las reglas establecidas socialmente
para una mejor convivencia.

Conciencia
de que no podemos seguir viviendo aislados en nuestros pequeños iglúes
mientras afuera hay gente que siente, padece, sufre y muere. La Tierra
no es un gheto, porque tenemos libertad, pero no podemos esperar que se
nos vaya de las manos y no darnos cuenta de lo que estamos perdiendo.
Ya, los más viejos, los que no pudimos frenar esto porque no tuvimos
coraje, nos iremos y hay que temer que las generaciones que nos siguen
sean aun más inconscientes y menos solidarias.

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