Cuando
hace unos años veíamos con horror la destrucción de templos, imágenes y
todo lo que en el imaginario de los talibanes constituyere una afrenta a
la especial interpretación del Corán, nos dolía el alma. El daño que
provoca la acción destructiva del hombre es mucho más profundo que el que hacen
el tiempo, los elementos o un cataclismo, pues estos eventos los
aplicamos a los efectos de la naturaleza o a la fuerza de un Dios omnipotente. Por
esa razón, cuando durante el estallido social vimos desahogos
irracionales e irreflexivos sobre símbolos de nuestra nación, muchos
rechazamos la acción y la motivación que iban detrás de ella. Los consideramos como los talibanes de nuestros tiempos y en nuestro territorio. Ahora que los verdaderos talibanes volvieron
al poder en la extrema y perdida Afganistán y que su reaparición fue
tan abrupta y violenta, donde la fuerza norteamericana debió irse
dejando miles de toneladas de vehículos y armas, comenzamos a tomarle
real sentido a la fuerza de las ideas. Quedó una población sometida,
coartada y humillada, pues no importa la influencia de los nuevos
tiempos en ellos, y han vuelto a la edad de piedra cultural. A
pesar de su lejanía, los medios de transporte y las redes sociales
permiten unificar y llegar a todas partes del orbe con apenas unos
cuantos dólares de costo y unas cuantas horas de tiempo. ¿Se imaginan
entrando a Roma como una oleada de barbarismo,
destruyendo o rayando las paredes de la Capilla Sixtina? Sería
inaudito. Ni siquiera los pueblos bárbaros del pasado hicieron algo así.
Salvo algunas excepciones, respetaron y aprendieron. Hoy nos enfadaría a niveles inimaginables. Desde la Gran Muralla china
y las Pirámides de Giza, hasta los bustos levantados en las plazas de
los barrios son obra del hombre que, en algún momento, se consideró
necesario hacer, sea para protección, para la exaltación de sus
constructores o para testimoniar un acto, gesto o memoria. Es parte de
lo que nos gusta recordar como historia de nuestras vidas o de nuestros
ancestros. Pero
monumento no es solo lo que ha sido creado por el ser humano, lo es
también el paisaje en el que se vive y que muchas veces mutamos para
cubrir nuestras necesidades. A veces ocultamos esas modificaciones para
que no sean percibidas por los vecinos, pero en el momento menos pensado
afloran y crean espasmos, sequía, carestía y también atentados a las
napas de la tierra que daña el medioambiente. No nos damos cuenta sino
hasta el momento en que ya no hay nada que hacer. Un paisaje menos
industrializado es el monumento natural al que aspiramos para el cultivo
de las artes de las generaciones venideras, como marco de lo que
también fue nuestra historia. En
todos lados hay un espacio para el recuerdo, especialmente en las
ciudades donde no hay capacidad de ver la naturaleza debido al exceso de
cemento, pues todo el paisajismo ha sido creado para darle un calor que
permita al ciudadano ser un elemento de ella o una forma ficticia de
integridad a lo que se debe compartir en sociedad. Hoy los rayados,
que parecen ser reacciones sociales, son el nuevo atentado al paisaje
de nuestra vida y junto con el desprecio que se desprende de sus
palabras, muestran una nueva realidad de la que no podemos escapar. Por
ello se instauró que los 18 de abril sea el día de los monumentos. Para
recordar que los elementos que formaron parte de nuestra historia y que
contribuyeron a crear nuestra identidad deben ser valorados por la interpretación que les
dieron sus autores, además de buscar sensibilizar y dar a conocer a
todas las personas la riqueza que posee la humanidad en cuanto a
patrimonios históricos, fomentando la conservación y protección de los
mismos. Más cultura parte por más clases de historia en los colegios.