Día del Sol

El
día de hoy estamos celebrando diversas conmemoraciones: el inicio del
invierno, el día de los pueblos originarios, los santos Raúl y Luis y
también a nuestro Sol, del cual nadie se puede apropiar. Los seres
humanos buscamos siempre una oportunidad para hacer una pausa y recordar
algo que nos motive a seguir adelante. Son tantas las necesidades del
hombre y tan multitudinarias las vinculaciones en las cuales nos
movemos, sea por elección o por vocación, que no alcanzan los días del
año para poder distribuirlas adecuadamente.

Seguimos
sin entender las razones por las cuales se ha elegido este día para
celebrar al astro rey, porque él está presente en toda nuestra
existencia, aun cuando esté nublado y bajo las más terribles tormentas.
Siempre, allá en lo alto, estará para darnos la luz que necesitamos para
vernos entre todos, para energizar la vida de cuanto ser se mueva sobre
la Tierra o para permitir que el follaje contribuya a los equilibrios
que se necesitan para poder respirar.

Desde
siempre se ha dado al Sol la connotación de su tangible superioridad y
los pueblos antiguos lo adoraban intuyendo su influencia en la vida de
todo lo que los rodeaba. La observación continua llevó a las más
prósperas culturas a su mayor auge al interpretar los procesos de
cambios que provocaba su radiación.

A
pesar de su gratuidad, siempre ha habido interés en explotarlo para el
beneficio de alguien, y sabemos de la desgracia que provocó en algunos
pueblos el que las castas dominantes se aprovecharen de su conocimiento
para influir terror en la masa y subyugarla para mantener y perpetuar
ese poder. Sabían de ciertas pautas y conocían pronósticos de los
fenómenos y con ello mantenían el control. La ignorancia, el temor a lo
desconocido y prohibido, la mantención en oficios agotadores para
ahogarles en el desinterés y en problemas simples y cotidianos fueron el
caldo de cultivo para la deformación de una sociedad.

Las
noticias de un mundo convulsionado por la infinidad de conflictos que
surgen en todos los continentes nos inundan de malas vibraciones y, como
antaño, los que creen tener el poder de manejar los pronósticos del
tiempo, unidos con todos los estamentos a su alrededor, procuran mostrar
una realidad distinta a la que la energía del Sol invade.

Lo bueno e interesante que debe satisfacernos es el hecho que, con el transcurso del tiempo, con múltiples decepciones y con mucho pesar hemos aprendido, por fin, a vernos, pues
reflexionamos con el verso “¿para qué es el sol que nos alumbra si no
nos queremos ni mirar?”. La enorme interacción social que hoy está al
servicio del hombre nos ha permitido cuestionar todas las verdades y
tabúes que nos impusieron los mandamases y defensores de la historia, de
la religión y del poder, y nos encontramos con la posibilidad de
cuestionar libre e informadamente todo lo que nos digan.

Sin
embargo, aún tenemos una parte de la sociedad que sigue atenta a los
vaivenes de las verdaderas hordas comunicacionales, que s
e
dejan llevar por las olas de los que aparentan estar descontentos, de
los efectos económicos provocados, de los grados de delincuencia con que
alimentan el terror a la población, los que hacen gárgaras con la
amenaza de destrucción de nuestra sociedad, solo porque esta quiere
tener una nueva oportunidad. Aún tenemos fundamentalistas que siguen en
la ignorancia producto del lavado de cerebro de la política fría de
antaño, que atribuyen todos los males al “comunismo”, lo que resulta ri
sorio
en estos tiempos. Son los que se acostumbraron a no ver al otro, al
vecino, al amigo, al de otro color de piel, a pesar de que el Sol lo
iluminaba con su grandilocuencia. No le quiso conocer y solo por pensar
distinto lo consideró rojo, sin que en sus planes estuviere el serlo.

En
fin, no importa la propaganda borrascosa. El Sol siempre, al final,
sale, porque está allí y no solo nos iluminará, sino que nos abrazará
con su calidez.

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