Distraído, bajas la escala de tu casa estúpidamente mirando el maldito celular, no ves el último peldaño y te caes… Al principio piensas que es mala suerte, que cómo tan idiota para lesionarte justo el primer martes de vacaciones escolares de julio, piensas que es sólo una torcedura, que como otras veces se pasará y te olvidas de los 58 años, te olvidas que tus huesos no son los de ayer y te fisuras el pie derecho a la altura del tobillo…
Cuento corto: mes de julio y todo agosto con licencia, con reposo, usar muletas, bota ortopédica, no poder movilizarte, dificultades tan simples como meterte a la ducha, equilibrándote para no sacarte la cresta de nuevo para finalmente terminar bañándote sentado, coincidir en que estás solo y que bajar la escala a desayunar, comer, es otro desafío, tener que dejar las llaves puestas en la puerta de tu casa para que los buenos amigos (ésos que se agrandan día a día en las dificultades) puedan entrar a visitarte, a traerte comida, a conversar un rato…
En fin, tu vida cotidiana, tu independencia se ve amenazada y entiendes y aprendes y comprendes que una cosa es teorizar acerca de las cosas y otra muy, pero muy distinta, es vivenciarlas. Entendí en este período que si bien hemos avanzado una enormidad en inclusión y otorgar espacios y facilidades para la discapacidad de cualquier tipo, aún nos falta mucho como sociedad.
Debemos seguir esforzándonos en incluir en nuestras prácticas sociales, educativas, económicas, de desarrollo y progreso el término inclusión y oportunidad. En estos momentos pienso en la generosa labor de los amigos del Club de Leones Cruz del Sur, en esa quijotada que crece y crece y que ha calado el corazón y el alma de nuestra región con las Jornadas Magallánicas, valoro su esfuerzo y dedicación, su labor desinteresada por otorgar esperanzas, oportunidades y felicidad a tantos y tantos niños y adultos que sufren sus dificultades, a la sociedad Agaci, a los colegios y colegas que han hecho suya la palabra inclusión y que demuestran que la diversidad es parte de la vida, de la convivencia, en fin, pienso en todos aquéllos que se esfuerzan por construir una sociedad mejor. Pienso igual que la misma actitud debiera reinar en la convivencia ideológica y que más que imponer criterios, juzgar, convertirse en los Pepes Grillos chilenos, acusar y desear el infierno para los que piensan y optan distinto a sus dogmas ideológicos-políticos-religiosos, debiéramos optar por la libertad, por la decisión personal, la conciencia verdadera anida en el corazón de cada ser humano y acertado o equivocado, cada uno carga con sus infiernos o construye sus edenes, basta de la intolerancia, basta de juzgar a los demás, de condenarlos, hagamos de nuestro país una sociedad inclusiva y tolerante: si alguien opta por el aborto, bien; si otro opta por un matrimonio igualitario, bien; si alguien fuma marihuana, bien; ¿quién soy yo para condenar a otros si cargo con mis propios vicios y atrocidades?…
La libertad personal, la decisión final, la experiencia límite recae exclusivamente en cada conciencia… Si no creo en dioses ¿por qué me amenazan con un infierno?… Hay quienes pregonan libertad, se autoconceden el título de “libertarios”, pero ¡ay! Si tienes una orientación sexual distinta, abundan los “pro-vida” pero faltan y no aparecen los “pro calidad de vida”… Hace tiempo ya entendí (y en estos tiempos lo he reforzado al sufrirla personalmente), que la mayor discapacidad es la intolerancia y los dogmas ciegos, que la mayor discapacidad es el fanatismo y que no existe respeto por la diversidad si tan sólo acepto al otro si piensa igual que yo… Así no se construye nada. Para todos, como siempre, un abrazo y muy especialmente a los que ayudan y promueven la inclusión.
P.D.: menos para los intolerantes que predican a partir de sus convicciones sin respetar las ajenas.