A
pesar de algunos comentarios que tildaron de vergonzoso el último
proceso electoral de la mesa de la Convención y que siempre calan en la
mente de algunos de nuestros ciudadanos poco instruidos, no podemos
negar que lo que se vivió en esos dos intensos días fue una muestra de
lo que es nuestro país, de su diversidad cultural, social, histórica y
geográfica.
Lo
que un sector no vio fue lo que es este enorme y tan matizado Estado:
una gran confluencia de millones de personas que tienen ideas,
posiciones, convicciones y deseos y que los quieren poner en contexto y
dejarlos en el texto que, con tanto ahínco, habrán de suscribir como
proyecto de nación.
Lo
hemos dicho desde siempre, antes de la conformación de la Convención a
la cual postulamos con profunda y republicana convicción, de que
podríamos ser aporte para lo que se vendrá más adelante para desabollar
las heridas de nuestra sociedad y que tanto se reclamó en las calles
durante el proceso de estallido social. Lo hemos sostenido desde que se
instaló la mesa de trabajo, a pesar de los cuestionamientos, mofas y
funas que se intentaron (muchas veces con éxito) sobre el trabajo que
habrían de realizar, haciendo notar la enorme gama de personas no
alineadas con los partidos políticos que serían los responsables en
mostrar y defender sus ideas y diferencias (las que estaban plasmadas en
cada una de sus posturas programáticas y que convencieron a los que los
eligieron). Lo sostendremos a continuación cuando atentos a las
redacciones del articulado constitucional veremos una cantidad enorme de
“nuevos convencionales” que tratarán de destrozar y deslegitimar cada
cosa que se quiera intentar.
Mientras
los convencionales hacían las negociaciones, analizaban las
conveniencias de tal o cual candidato, de tal o cual idea
representativa, teníamos un sector que no se movió de su posición (salvo
uno, que hizo desnivelar la balanza y darle el voto necesario a la
nueva presidenta) y que se mantiene como el reflejo de lo que sus
posturas antirenovación representan. Mientras el resto hurgaba en todas
direcciones buscando la claridad luego de la turbulencia que se produce
al agitarse las aguas de múltiples colores, olores y sabores, los que se
sentían en una burbuja no hicieron el esfuerzo de sintonizar y eso,
según mi parecer, es nefasto para lo que el país quiere.
Hay
que recordar que lo que los integrantes de la Convención están haciendo
es comenzar a redactar una nueva Constitución para Chile y a pesar del
enorme peso que les lleva el haber propiciado su rechazo, el solo hecho
de haber perdido su opción, y de haber participado en el proceso y ser
electos, les debería obligar a intentar aportar con lo que se espera a
ella y no mantenerse sobrevolando la planicie mientras los demás se
desgastan en su elaboración. Nadie puede sentirse no invitado a
participar, y por más minoría en que se esté hay un gran sector de la
población que espera que sus ideas sean parte del texto global. De otro
modo no se podrá tener un texto que represente la realidad nacional.
El
proceso electoral de la mesa representa, en definitiva, eso: la gran
diversidad de pensamientos donde, a pesar de la existencia de bloques
generales, cada uno de los convencionales tiene sus propias convicciones
en cada una de las múltiples materias que el texto final comprenderá y
donde se trabajará con instrucción, maduración, deliberación y
convencimiento para lograr el resultado final. No dudamos, ni por un
minuto, que sus integrantes quieren el bien para el país y que con esa
convicción participaron en el proceso. Molestar, disentir por todo,
mostrarse intransigente solo los llevará a estrechar su radio de acción y
será tarde cuando se den cuenta que es bueno replantearse, porque su
interés no será creíble.