Esta
semana, recordé una película de Mathieu Kassovitz que causó furor en
Europa en los años 90. “El odio” se titula. El odio allí expuesto, era
la expresión desolada del resentimiento de tres antisociales, canalizado
a través una violencia desmedida contra la ciudad y su gente. Desde los
albores de la historia, la literatura y el arte han sabido reflejar las
manifestaciones de odio entre la gente, probablemente, para
facilitarnos su compresión y, tal vez, para alertarnos de sus
consecuencias y peligros. Porque el odio ha producido cambios, destruido
dinastías, derrocado gobiernos y se ha transformado, en ciertas
ocasiones, en una suerte de motor perverso de la historia. En el mundo
y, en nuestro país, el odio se ha instalado en el corazón mismo de la
cultura. Las redes sociales no son otra cosa que una caja de resonancia
de ese odio que se expresa a través de calumnias, delaciones, insultos, amenazas… Y
que es el reflejo del resentimiento de aquellos que se esconden,
cobardemente, ocultando su rostro pueril con nombres falsos, incapaces
de mirar de frente para expresar sus palabras llenas de excremento, las
que hacen pasar por opiniones. Esta
semana, pensé en cómo el odio que busca amedrentar, conduce a la
intolerancia. Su verdadero fin, lo sabemos, es aniquilar el pensamiento.
Las dictaduras se nutren y se consolidan con el odio, lo utilizan como
arma permanente de poder, para acallar voces y poner en jaque a la
disidencia, la que luego de ser denigrada, es silenciada, encarcelada y,
en algunos casos, hasta exterminada. En Chile, hemos visto las
consecuencias del odio en la vida política, muchos lo vivieron
dolorosamente hace unas décadas. Los Goebbels o los Beria del presente
existen, son pocos, pero andan sueltos, como jaurías hambrientas. Los
vemos disfrazarse de ovejas en las instancias de decisión y de lobos en
las calles, a menudo encapuchados, pululando por las marchas violentas,
los estadios, las quemas, las universidades; solo esperan el momento
para atrapar a su presa. De llegar al poder, tratarán de abrir cárceles y
cuarteles. La jauría se prepara, alista estrategias y tácticas para
lograr sus fines. Las señales de alerta deben estar permanentemente
encendidas. Esta
semana, pensé que en todo calumniador está presente el odio, y que en
el delator no solo está el miedo, sino también, el mismo odioso
sentimiento. Pensé en la dignidad de mi esposa, Odette, quien, con
convicciones democráticas y cultura de izquierda, tuvo la fuerza de
grabar un video enviado a algunos amigos para dar a conocer su opción
por el rechazo para el plebiscito. El video se viralizó,
fue visto por cientos de miles de personas, fue utilizado por encima de
su propósito y se transformó en tendencia nacional. Entonces, se
abrieron las puertas del corral para dar paso al ataque de la jauría en
las redes sociales. ¡Infamia, traición! –gritaron heridos los herederos
de Stalin–. Se
inició el amedrentamiento, la calumnia, el insulto; se desencadenó el
odio que solo aguardaba el momento propicio para el estallido. Así, en
el instante efímero de las redes, se ha vilipendiado a quien, por
expresar una opinión, sin ofender a nadie, se expuso como mujer libre y
pensante, dando a conocer únicamente su opción, igual como lo han
hecho, con muchísimo más riesgo, otras mujeres en la historia, a las que
sus convicciones les ha costado la cárcel o el exilio. Lo sucedido en
las redes sociales fue un oprobio proveniente de una ínfima minoría, muy
organizada, activa y fácil de identificar. Fue la expresión viva del
odio presente en el Chile actual. Esta
semana, pensé que los seres humanos contamos con valores mucho más
poderosos que el odio: fraternidad, solidaridad, sabiduría, tolerancia
hacia quien piensa distinto. La belleza del sentimiento expresado por
cientos de amigos a través de sus mensajes, el apoyo irrestricto de
familiares cercanos, sustentan y dan fuerzas para mantenerse altivos y
hacer que la dignidad sea más que una simple plaza destruida. Junto a mi
esposa, hemos valorado esos hermosos gestos de aliento y cariño que
atenúan la desazón y son el testimonio de sólidos valores, que
terminarán por imponerse al oprobio. Esta semana, pensé que aún es posible, y que ya es tiempo, de doblegar el odio.