De
sobra es sabido que el candidato Gabriel Boric no tiene problema alguno
en desdecirse hasta que la contradicción se haga costumbre; donde dijo
blanco ayer, hoy dice negro. Y pareciera que no pasa nada, que es
normal, que es natural que un día quiera liberar a personas que
cometieron graves delitos contra la seguridad pública y la propiedad
privada y al día siguiente, ya de chaqueta, lentes y bien peinadito, se
quiera mostrar firme contra la delincuencia. Si tan sólo ayer señalaba
que había que regularizar a los inmigrantes cualquiera haya sido la
forma de ingreso al país, además de prometerles vivienda, y hoy en un
cambio radical, muchos dirían populista, nos habla de la inmigración
irregular y que deben entrar por pasos regulados, en una voltereta digna
de un saltimbanqui, pero que en este caso, no tiene visos de seriedad.
Ahora
resulta que frente a los grandes empresarios, destaca su labor, pero
sólo ayer quería que en los directorios de las grandes empresas
estuvieran incorporados trabajadores, interviniendo de esa manera la
administración de los dueños del capital, desincentivando la inversión
en nuestro país. Más aún, desde su entorno nos hablaban de darle
inestabilidad al país como requisito necesario para las grandes
transformaciones que desea, pero hoy se quiere erigir como el garante de
la estabilidad institucional.
Pero
suma y sigue. Frente al cuarto retiro de los fondos de las AFP se
mostró contrario, pero sin embargo ante la presión mediática, vota favorablemente
en su calidad de Diputado a dicha posibilidad. Promueve casi como una
causa santa la rebaja de la dieta parlamentaria, pero sigue percibiendo
durante la primera vuelta electoral el total de ésta, de manera que se
financia personalmente a costa de todos los chilenos durante la campaña y
no asistiendo a su trabajo parlamentario.
Como
se puede apreciar existen dos candidatos Boric: uno el auténtico, que
abominaba de la ropa formal, que renegaba de la historia reciente de
este país; que repudiaba la labor de la ex Concertación; que celebraba
públicamente al Frente Patriótico Manuel Rodríguez; que quería amnistiar
a los formalizados por graves delitos contra la propiedad privada los
infames días sucedidos a contar del 18 de octubre; que odiaba el modelo
neoliberal; en fin, el candidato que reivindicaba a Salvador Allende.
También existe el otro Boric, que si viste o se disfraza con ropa
formal; el que pide respaldo a los partidos de la ex Concertación y se
olvida de los pecados que les imputó; que está a favor del orden y en
contra de la delincuencia; que se hace asesorar por economistas
ortodoxos y que en nada repudian el modelo neoliberal; que ya no
menciona a Allende. Ante estas y otras tantas contradicciones, es válida
y aplicable aquella pregunta de un antiguo concurso televisivo: ¿señor
Boric, quién realmente es usted? ¿Puede una persona que cambia tantas
veces de posición en tan corto tiempo y según sea el oyente a quien va
dirigido su discurso, ser creíble como eventual presidente de la
República? Teniendo ya el poder, cuando no es necesario cambiar de
opinión, qué nos deparará Boric, si realmente no sabemos cuál de los dos
nos está hablando.
Por
el contrario, hay un solo Kast, de una línea, de un discurso y un
pensamiento, con el que podrán discrepar algunos, pero Chile necesita
estabilidad incluso en la figura del Presidente de la República. La
estabilidad, coherencia y solidez intelectual y cultural, son valores
indispensables para los años que vienen, y el candidato del Frente
Social Cristiano los posee a cabalidad.