Hoy se cumplen dos semanas de enormes manifestaciones callejeras, violentos enfrentamientos con la policía, neumáticos y edificios en llamas, tiendas destrozadas. Partió con mucha inseguridad en Santiago y en algunas capitales regionales, pero rápidamente llegó a Punta Arenas y hasta hoy el Gobierno no ha sido capaz de garantizar el orden. Por otro lado, han sido 15 días de canciones, cantos, bailes y multitudes. Multitudes que se reúnen y desaparecen en lugares inesperados, organizadas a través de aplicaciones de mensajería cifradas donde las personas usan seudónimos. Es un fenómeno nunca antes visto en el país y que genera intranquilidad e incertidumbre, porque en algunos casos, las protestas son impulsadas por una reacción contra la austeridad, a medida que el crecimiento mundial se desacelera y se vuelve aún más desigual. Pero no todos los movimientos tienen la misma chispa, incluso si su forma es similar. Las protestas sin líderes pueden ser difíciles para los gobiernos porque no pueden determinar con quién lidiar. La historia nos dice que mantener movimientos sin líderes a un alto nivel durante un largo periodo es difícil. Eso es quizás más cierto a medida que los países se preocupan menos por el riesgo de represalias internacionales, incluidas las sanciones. Lo que más requiere la ciudadanía es una rápida salida a esta problemática pero con respuestas concretas a sus demandas.