Dulce patria

Todos quienes hemos
podido recorrer Chile, o, por lo menos, gran parte de esta larga y
angosta faja de tierra, no puede dejar de amarla porque no sólo es
bella, sino que, también, generosa, y la gente que produce es tan
gallarda, altiva y belicosa que no ha sido por rey jamás regida ni a
extranjero dominio sometida, al decir de don Alonso de Ercilla y Zúñiga,
el poeta español que cantó la epopeya araucano-chilena primigenia.

Pero eso no es todo.

Dios
Todopoderoso le regaló un desierto colmado de minerales preciosos, como
el cobre, el oro, la plata y por estos días, el litio, y sus fértiles
quebradas, cuna de culturas ancestrales, bañadas por el agua de unos
ríos que, excepto el Loa, nunca llegaron al océano Pacífico con la
fuerza y el caudal de sus descensos cordillera de Los Andes abajo.

Pasado
el Norte Verde, con viñas excepcionales, los versos de Gabriela y
piques apenas dominados sólo por duros mineros, se abre el Valle
Central, con sus ciudades trazadas a escuadra, excepto Valparaíso,
puerto de poetas y cantores, sus campos de cultivo de frutas, verduras,
hortalizas y viñedos que imponen sus sabores finales a lo largo y ancho
de este mundo, derribando rivales en cuerpo, bouquets y otros atributos
que sólo dan a nuestros vinos, excepcionales “terroirs”, entre
cordillera y mar.

A la par, ese mar
que tranquilo, a veces, otras con furia, nos baña, entrega sus
productos, desde los choritos hasta los locos y los erizos y desde el
modesto jurel hasta congrios dorados para “gourmets”, salmones,
langostas en Juan Fernández y centollas en los mares australes.

Y
al sur del sur, “donde mueren las distancias”, nuestros canales
flanqueados por el hielo de los glaciares, con el recuerdo de canoeros
ya idos, de viejos marineros y capitanes piratas o corsarios, y de otros
venidos de muy lejos y que fondearon, ya como pioneros, a orillas del
Estrecho de Magallanes, en las estepas y bosques australes, siguiendo la
singladura de la goleta “Ancud”, de los primeros vapores que no se
detuvieron frente a Fuerte Bulnes y cruzando la Tierra de los Fuegos,
llegaron a nuestro B
eagle y miraron hacia
el continente blanco, donde, al cabo de un tiempo, los chilenos izaron
la bandera tricolor en nuestras bases, que sigue flameando y flameará
hasta el fin de los tiempos.

Sí,
dulce Patria, querido Chile, “que o la tumba serás de los libres o el
asilo contra la opresión” porque creemos en Dios, en ti Patria querida,
en la Familia, base de nuestra sociedad, en la Libertad, regalo divino, y
en Magallanes, donde el sacrificio, el frío, el viento y la distancia,
nos ha dado la voluntad y el temple para vencer todos los obstáculos y
resguardar nuestra soberanía:

¡Viva Chile, viva Magallanes… !Viva Punta Arenas y su gente¡

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