La
educación debe ser uno de los mayores perjudicados con la pandemia del
Coronavirus. En eso no hay mucha discusión. Porque debe tenerse presente
que en este nuevo escenario -que ya lleva más de tres meses con clases
online- no todos los alumnos disponen en sus casas de las herramientas
básicas para la formación virtual, y en muchos hogares se ha tenido que
compartir los dispositivos porque también hay miembros que tienen que
teletrabajar. Sería una discriminación flagrante que se estableciera una
brecha educativa por meras razones socioeconómicas. En Magallanes más
de 3 mil alumnos carecen de las herramientas mínimas: computadora y
conexión a internet, entonces este año educativo 2020 está muy
complicado. Y pese a que hace tiempo que el sector educativo está
implicado en el uso de las herramientas informáticas no se puede
pretender que colegios e institutos se acuesten un día presenciales y se
levanten telemáticos al siguiente. Eso nos ocurrió en marzo pasado. Es
precisamente ante esta situación cuando se precisa imaginación y
flexibilidad para que un curso escolar no terminen en un rotundo fracaso
y para que tampoco se regale una educación sin cimientos sólidos. En
este punto hay que señalar que algunas regiones se han mostrado abiertas
a que se continúe de esta forma, porque la pandemia en Chile aún no
llega a la anhelada meseta. En Magallanes también debemos ser muy
reflexivos al respecto, porque por un irregular año escolar no vamos a
arriesgar a nuestros niños y jóvenes. La pandemia ha cambiado
definitivamente muchos de nuestros hábitos. Estamos en un momento de
transición en el que, también la educación, debe encontrar fórmulas
creativas para que los alumnos tengan la garantía de que su formación no
sufrirá merma ni será discriminatoria.