Educar los sentimientos

Antes
he señalado cuán importante es la formación en valores, en virtudes, en
actitudes. Así, creo que lo actitudinal es de especial relevancia,
tanta como lo conceptual y lo procedimental.

Un
viernes de evaluación de contenidos, luego de las tradicionales
preguntas de ensayo de carácter conceptual, añadí al final una pregunta
al margen y, la verdad, no tanto. La pregunta decía así: “¿Conoces el
nombre de algún portero, guardia, conserje, auxiliar, asistente de
carrera? Mencione su nombre de pila o su apellido”. Simple, ¿no es
cierto? Algunos se sorprendieron, no tanto, pero se sorprendieron,
muchos sonrieron. Un simple gesto de humanidad. Y la mayoría cumplió,
escribió el nombre de una o de dos personas que sí conocían, y señalaron
su rol o función. ¿Saben? Ese simple hecho no distingue solo a las
personas que nombran o reconocen, más, mucho más distingue a los
estudiantes que tienen en su memoria a un servidor, en esencia. Alguien
respondió que es bueno recordando rostros, pero no conocía sus nombres.
¡Tarea para la casa!

Antes
me he referido a las virtudes humanas o personales y a cómo se aprecia
una sensible falta o carencia de práctica de ellas en el desempeño o
desenvolvimiento entre pares, entre iguales, en el entorno social,
familiar, laboral. Este déficit es transversal, de menor a mayor, de
mayor a menor, en muchos de los niveles etarios, en unos más, en otros
menos. Quizás se aprecia más en los entornos metropolitanos, o allí es
mayor la carencia, por el supino individualismo imperante, mal
característico del siglo veintiuno.

No
lo dudo, esta educación o formación en valores, en virtudes o en
sentimientos, en principio, nace desde las entrañas, no se aprende en el
sistema educativo formal. Esta formación se ha de instalar en la
familia, en la casa, en el entorno comunitario, y se trata de virtudes
tales como la sinceridad, la obediencia, el orden, la fortaleza, la
generosidad, la perseverancia, la responsabilidad, la laboriosidad, la
paciencia, la justicia, el respeto, el pudor, la sobriedad, la
sencillez, la sociabilidad, la amistad, el patriotismo, el optimismo, la
flexibilidad, la prudencia, la audacia, la comprensión, la humildad, y
alguna más.

Más
de alguna de ellas se ha desatendido en la maraña de individualismos
imperantes hoy. ¿Qué urgencias han motivado este descuido?

De
haber cuidado algo, solo algo, algunas de estas virtudes personales en
un niño, niña o adolescente otro gallo cantaría en nuestras familias, en
nuestras comunidades, en nuestros ambientes sociales, en la escuela, en
el liceo, en el colegio, en los institutos de educación superior.

¿Es
tarde? No soy muy pesimista, aunque el optimismo, la esperanza, la fe
en que se puedan obrar cambios no asoman, así como así, en el horizonte.
El foco hoy está en eficiencia, en muchas métricas, en puntajes, en
primeros lugares, en cartones, en medallas, en premiaciones.

Ser
mejores, ser mayores, ser más altos, un poco de todo ello, esa es la
meta. El crecimiento ha de ser en valores, en virtudes, en sentimientos,
en afectos, y no solo, empero no han de ser desatendidos. Se trata de
sumar, de multiplicar dones y dotes, y no es tarea de unos, no es tarea
de “otros”, es tarea de todos, familia, escuela, comunidad.

¡Manos
a la obra! Esto recién comienza, es mucha la labor. ¿Qué hacer, cómo
hacer? ¡Armonicemos cabeza y corazón! ¡Conciliemos razón y sentimientos!
Y ¡amen! (así, sin tilde).

Contenido relacionado

Envíanos tu denuncia o información AVISOS ECONÓMICOS