Al
igual como pasa en estos días en Tokio 2020, se han comenzado a
elaborar todas las estrategias para la carrera presidencial, como si de
una competencia atlética se tratara. Participarán, al igual que en la
cita olímpica, candidatos poderosos y bien entrenados, acostumbrados a
disputarse el Oro en todas las contiendas que ha habido. Lo harán con
tácticos que serán como gurúes. No importa de dónde vengan, mientras
tengan el control de los medios podrán vender su pomada de la manera que
estimen.
Junto
a ellos estarán los candidatos de sectores con poca influencia, pero
que han hecho esfuerzos para volverse competitivos. Algunos harán
temblar los estadios y tendremos a la muchedumbre alentándoles solo
porque son más débiles que “los mismos de siempre”. Al ser humano le
gustan los cambios y se disfruta que surjan algunos Jesse Owens que
remezan los cimientos y hagan historia y, sin querer ser discriminador
(muy peligroso en estos días), que “como indio piquen desde atrás”.
Al
igual que Owens, si ganan serán la alegría de millones, pero a la
postre serán utilizados por los poderosos para mantener el statu quo, y
luego les olvidarán, quedando solo como un evento anecdótico que servirá
para mostrar que la especie humana, alguna vez, tuvo corazón y que
“todos tienen posibilidades”.
Pero
los anillos olímpicos representan también una ilusión de otros que no
tienen experiencias y que no tienen más ambición que hacer una carrera
simbólica, algunos con muchísimos esfuerzos y desgastes económicos,
representando a una población tremendamente motivada que la prensa se
encarga de idealizar para mantenerles atentos y desviados de los
verdaderos problemas de su entorno.
Hoy
hay cerca de 204 países en competencias y sabemos quién se llevará
todos los honores y preseas. El ranking cae de manera abrupta luego de
los primeros tres o cuatro escaños del palmarés y comienza a importar
superar la media del continente para tener algún grado de influencia en
el territorio y comenzar a ser visto con otros ojos: los ojos de la
competitividad.
Alguna
vez señalamos que la atomización de las voluntades e intereses hace que
surjan líderes en todos los segmentos y que, valorados por el
entusiasmo, les hagan pensar que tienen futuro o que las ideas que
representan removerán las conciencias para atraer a los electores. Si
esto es así, cada uno tendrá una visión completa de sus soluciones y
provocará las diferencias con sus más cercanos en temas valóricos,
históricos, económicos o sociales, y como es una verdad intransable,
todo aquel que no se una en plenitud será un contrincante a vencer. Es
la única manera de entender el mapa político nacional, con una tremenda e
inentendible proyección de partidos políticos, en todos los cuales hay
líderes que quieren estar en el proscenio. Una falacia que acomete
contra la realidad, pues hay un interés casi mesiánico de ser el que dé
la verdadera conducción que la nación requiere.
Nuestro
país se va a encontrar una vez más en una demostración de fuerzas y de
entusiasmos ideológicos casi suicidas para estar en la papeleta. Siempre
encontrarán adeptos que les darán las firmas necesarias para mantener
esa ilusión y, salvo que se tenga real voluntad y empatía social, muy
pocos serán los que den un paso al lado por el bien superior. Lo vemos
en todos los grupos porque el horizonte demuestra que, como en elección
de concejales, con muy pocos votos puede ser electo.
La
disgregación es parte del egoísmo individual y colectivo, y si no se
está adentro, no hay manera de poder imponer posiciones. Presiento que
la explosión social de octubre de 2019 tiene otras ramificaciones que
aún no estallan y que puede engullir, por liderazgos fatuos, a quienes
piensen distinto y eso les dé un poder que no se merecen.