Se
acerca la fecha para el plebiscito de salida con los partidarios del
apruebo y el rechazo enfrascados en fieras campañas de difusión sobre la
opción a escoger. El apruebo representando a la nueva redacción,
distanciada a la impuesta en dictadura, asegurando mayores derechos
sociales y plurinacionalidad, pero de alguna manera incompleta y
recriminando a los poderes del Estado que no fueron capaces de responder
en 30 años a sus demandas; mientras el rechazo, por un modelo
ideológico que resistió adaptarse a la situación actual del país, pero
que ataca a esos flancos dejados por la redactada propuesta, debido a su
poca coherencia y de los muchos vacíos legales y jurídicos.
Sin
embargo, ¡qué el apruebo y el rechazo no celebren tanto! porque
cualquiera de los dos opciones que gane deberá llegar a un acuerdo
político al final.
Por
lo tanto, es inminente que si gana el apruebo la elección como nueva
constitución, el gobierno esté en la tarea de modificar aquellos
elementos más cuestionables, como la justicia, el contenido de anuencia
indígena y todos los otros elementos que han ido creando indecisión en
la opinión pública. Se deberán llenar los vacíos que deja, y obviamente
para ello se tendrá que llegar a un acuerdo político, mismo que está
ratificado por la aprobación de la constituyente en el plebiscito. Es un
hecho que deberá haber reformas. En resumen, como lo planteó de manera
simbólica la ex presidenta Bachelet “no es perfecta, pero es lo que
siempre yo soñé”.
Por
otro lado, si se rechaza la propuesta constitucional también se abrirá
otro proceso. El día 25 de octubre el 2021 una mayoría votó por la
redacción de una nueva constitución, más aún, asentada en ser redactada
por representantes electos. Esto es un mandato que impide la
continuación simbólica de la constitución de 1980, o al menos ya no
puede permanecer tal cual como está. Por lo tanto, al ser rechazada la
propuesta habría que reformar la actual. Y en este aspecto ya hay ideas y
posibles acuerdos políticos como tentativas.
En
este aspecto, gane el apruebo o el rechazo y sin que lo pretendan
muchos se ha ido transformando en algo que francamente da lo mismo.
Evidentemente ya la representación ciudadana que se quería ha ido
perdiendo el prestigio y sumado demasiada oposición. Mejor dicho, los
ciudadanos comunes y corrientes que fueron elegidos como nuestros
representantes constituyentes, por sus declaraciones, por querer ser
actores políticos, por las medidas extremas, por ser algunos por ser
obstruccionistas, por no tener nociones jurídicas otros, han ido
generado todos los problemas presentes y venideros.
Por
eso, esto ha ido llevando el proceso apruebo o rechazo a una situación
que no es sólo mediática, sino que es real. Da lo mismo una opción que
votar, porque entendemos que ganando una u otra opción tendrá que haber
un acuerdo político para que esto funcione. Desgraciadamente, querámoslo
o no, quienes administran el territorio son los poderes del estado y
los políticos sus representantes.
Si
se rechazará, bajo la estructura demandada por el plebiscito, se
tendría que discutir todo nuevamente a partir de cero. Entonces es
repetir el proceso, o prolongarlo inevitablemente por un buen tiempo
hasta consensuar un nuevo procedimiento de cómo mejorar la constitución
que nos rige. Y lógicamente, que también llegarán a un acuerdo político
si se aprueba.
Concluyendo,
cualquiera que sea elección augusta este 4 de septiembre nos espera un
extenso sendero de conversaciones y acuerdos políticos entre los
partidos de gobierno, derecha, centro, centro izquierda y también el
parlamento, para encontrar la tan esperada constitución que no
represente a todos, que de confianza, credibilidad, esperanza. Sobre
todo como instituyeron algunos teóricos, el justo medio, la voluntad
general, el acuerdo primordial para que una sociedad tengan principios y
cimientos democráticos profundos y coherentes.