No obstante ese comentario, nos ha tocado presenciar algo similar y que deja en un muy mal pie a quienes fueron parte de él. De todos modos en ésta situación tan particular, convengamos que bastó que uno de los panelistas iniciará o generará el ambiente de agresividad y de descalificaciones, para que de ahí en adelante los argumentos y opiniones vertidas, estuviesen impregnadas de tal ingrediente.
Independiente a las ideas y propuestas que los panelistas quisieron en algún momento dejar de manifiesto, es necesario establecer que el debatir ideas no requiere ofuscarse y emprenderlas con el contendor y menos mezclar temas del ámbito personal y que atañen la privacidad de las personas.
Lo cierto que la línea de lo uno y de lo otro es tan fina y sensible, que se requiere que quienes se aventuran a participar de éstas prácticas tengan la capacidad de ser ponderados, prudentes y respetuosos de quienes eventualmente son sus oponentes.
Alguno de mis alumnos, a propósito de los mismo, preguntaba: entonces tío ¿podemos debatir si no estamos de acuerdo en algo? por cierto que sí, le respondí. Agregando a renglón seguido, con respeto y altura de miras, considerando que el argumento del otro algún sentido debe tener o lisa y llanamente no satisface mi expectativa, pero ello no justificará que se le descalifique y ofenda.
Cuando en algún momento nuestra educación impartía la asignatura de Educación Cívica, recuerdo a alguno de mis viejos y queridos profesores y sus consideraciones al respecto.
El principio básico de ésta reflexión pasa por entender que ¨hablando nos comunicamos unos con otros¨. Pudiese darse el caso que el idioma sea una dificultad para establecer esa comunicación, pero hoy en día aquello ya no lo es.
Nada de eso observamos en el caso particular que analizamos. Allí se olvidó que el auditorio tenía un claro interés de aprender o comparar sobre situaciones o episodios ya conocidos. Los panelistas en cuestión olvidaron aquello y fueron llevados a remitirse a ellos, a personificar la discusión.
Lo cierto es, que carecemos de esa capacidad de saber escucharnos y a continuación, emitir nuestro comentario u opinión con el respeto y consideración que nuestro interlocutor merece.
Debemos tener claridad que nadie es dueño de la verdad y los políticos se equivocan cuando se enfervorizan con lo contrario. Es cuando se cae en las descalificaciones personales y familiares.
En éstas prácticas es cuando debe enaltecerse las normas de la sana convivencia; el respeto, la tolerancia. No siempre estaremos de acuerdo, pero ello no significa que debemos dar paso al descrédito y a la ofensa gratuita. El debate televisivo dejó de manifiesto, al menos por parte de uno de los panelistas, que es tanta la pasión y el interés por el logro de su objetivo, que no importa el medio ni la forma. Ojo, necesitamos un Presidente que no caiga en los exabruptos, que tenga conocimientos mínimos de lo que la gestión de Estado demanda, conocer al menos el presupuesto de la Nación, entender que es el Grupo G-7 , estar informado y documentado de las diversas materias a relacionarse.
Deseamos muy sinceramente, seamos cautos en el hablar, considerando que el aspirar a tareas superiores, nos hace ser referentes de nuestro entorno, quienes nos observan y esperan de nosotros seamos capaces de defender posturas, ideas y proyectos mediante la exposición de las mismas pero en un marco de consideración y respeto mutuo.