Cuando termina el año, inevitablemente tenemos la tendencia a realizar, ya sea en forma consciente o inconsciente una suerte de balance de lo acontecido. Siempre será una buena idea reflexionar sobre lo vivido y, por supuesto tenerlo en cuenta para nuestros deseos del año que se avecina. La motivación de esta tendencia generalizada, en torno a la celebración y bienvenida del nuevo año, tiene su origen como antecedente histórico hace cuatro mil años, en el Akitu (un festival babilónico). Desde entonces, todas las culturas celebran el comienzo de un nuevo año. En la Roma antigua Julio César (año 46 a.C. – “el último año de la confusión”) modificó el calendario, por consejos de astrónomos y matemáticos, a objeto de buscar la sincronía con el Sol. En honor a Jano, dios romano, cuyas dos caras le permitían mirar el pasado y el futuro, el año nuevo partía en enero. En 1582 el Papa Gregorio XIII dispuso, que el año nuevo comenzara a festejarse el primero de enero con motivo de la entrada en vigencia del calendario gregoriano que sustituyó al juliano (resultante de la modificación del calendario romano, en el cual, se establecía fechas con un interés más bien político). Inicialmente fue adoptado por el mundo católico y lentamente fue incorporándose todo el mundo occidental, aceptando que el año comenzara el 1 de enero y no el 21 de marzo o el 1 de abril, como era en los tiempos del calendario juliano, que tenía demasiados años bisiestos, por lo que en el año 1500 el primer día de primavera llegó con 10 días de antelación, una de las razones por las que se cambió el sistema. El calendario gregoriano estableció un antes y un después en la organización móvil de los días del año respecto a las estaciones. A nivel astronómico se discute el tema, pero es a principios de enero cuando la Tierra se encuentra más cerca del Sol, un evento conocido como perihelio. Además debemos considerar que otras religiones celebran el Año Nuevo en otras fechas, distintas a la nuestra. Tal es el caso de la religión judía, que lo celebra entre septiembre y octubre, pues se basa en un calendario lunar ancestral. También podemos citar al pueblo islámico, que se rige de acuerdo a un calendario lunar con mayor movilidad de días que el judío. En otras partes del mundo y culturas como en Afganistán, Etiopía, Irán, Nepal y Arabia Saudita no ocurrirá el Año Nuevo, debido a que se basan en sus propios calendarios. En el caso de China se sigue un calendario de características lunares estableciéndose la celebración del Año Nuevo chino entre el 21 de enero y el 20 de febrero. Retomando nuestra tendencia a realizar un balance, a veces solo recordamos los acontecimientos más recientes pero debemos el hacer esfuerzo por considerar lo acontecido durante todo el año, desde su inicio (enero). Otra permanente falencia es realizar un análisis desequilibrado situándonos solo en un ámbito de nuestra existencia, en lo personal, laboral o económico, sin ver el todo como una integridad de realidades relacionadas. O ver solamente lo negativo o lo positivo exaltando una u otra percepción y haciendo un balance poco constructivo que permita enfrentar el nuevo año con energía y verdaderas nuevas perspectivas. Creo que aparte de la importancia de la reflexión personal, cuando finaliza un año es muy necesario tomar conciencia acerca de nuestra sociedad dejando de mirarla desde el individualismo y la falta de compromiso. Quizás debemos preguntarnos, ¿qué estoy haciendo en mi trabajo para que mi país sea más justo, más tolerante, más respetuoso de la honra de los demás y exigente con respeto de la propia? ¿Cómo contribuyo a la solución de los conflictos con buenos argumentos y sin violencia? ¿Cómo puedo contribuir al interior de mi familia para la solución de los conflictos? Del mismo modo, ¿cómo colaboro en ayudar a comprender el rol y la responsabilidad, que le corresponde a cada uno en su calidad de ciudadano para construir un país más respetuoso de los valores éticos?