La fuerza de los acontecimientos nos está obligando a generar un comportamiento de mayor responsabilidad social en aras de la protección de nosotros mismos, nuestras familias y del entorno inmediato en general. El Covid-19 rompió con la vida cotidiana, las rutinas y las formas de las relaciones familiares, afectivas y laborales. Tenemos conciencia quizás de la real vulnerabilidad y fragilidad de la vida que se hace notar en forma global, no respetando países, fronteras, privilegios, condición, ni menos clase social. En los momentos actuales lo más importante es la conciencia, la solidaridad, el sentido de responsabilidad de formar parte de una comunidad social, la superación de las pequeñeces y del vértigo por la figuración pública, todo en pos de un valor mayor como lo es la protección de la vida. Sin embargo, no puede dejar de estar presente y tener sentido, en estos delicados momentos la base ética y política con la que deben razonar y actuar las autoridades públicas, a objeto de garantizar la vida y la integridad física de las personas por sobre cualquier otro interés particular de grupo privilegiado o de poder. La moralidad de la actuación tendrá ribetes y consecuencias presentes y el juicio despiadado e inevitable del futuro. Son momentos en que el sentido del bien común debe ser materialmente palpable, ese bien que es indivisible que abarca a todos los miembros de una comunidad. Como decía el filósofo francés Jacques Maritain (1882 – 1973), “el fin último de la sociedad política es perseguir el bien común, que no es precisamente la sumatoria de intereses o de bienes particulares”. Como analogía y solo para provocar el interés, al igual que, “en el orden matemático, seis es algo más que tres más tres” (Aristóteles). Lo lamentable de nuestro país es que el concepto del “bien común” no está lo suficientemente arraigado, debido a que, a lo menos en los últimos cuarenta años, nos hemos criado o se nos ha dicho, que el bien común era la sumatoria de los bienes particulares o lo que sobrara de estos. Por eso es crucial la forma y las decisiones que adopte la autoridad a raíz de esta emergencia sanitaria, debido a que no dejan de tener sentido las críticas por la espera y dilación del gobierno para tomar medidas preventivas más radicales y efectivas. En momentos como estos no queda espacio para la especulación a la que pueden estar acostumbrados algunos liderazgos. La preocupación por las tardías medidas que se han adoptado ha sido expresada en forma reiterada, por el Colegio Médico, las Asociaciones de Municipios, la comunidad científica y otras organizaciones de la sociedad civil. La declaración de una cuarentena nacional será forzada por los acontecimientos y lamentablemente no por la razón oportuna que ameritaba el momento, más aun cuando las primeras noticias acerca de la gravedad del virus las tuvimos ya en el mes de enero. La particulares y desafortunadas palabras del Ministro de Salud para justificar la tardanza de algunas medidas preventivas más radicales no dejo de sorprender a nadie, – “¿qué pasa si este virus muta hacia una forma más benigna? ¿Qué pasa si muta y se pone buena persona?” (J. Mañalich, canal 24 Horas) -. Tan así de impactantes que los dichos, fueron virales en los medios internacionales. ¡La preocupación mayor es el bien común!