Los últimos días ha aflorado lo mejor y peor de Chile, desde las marchas pacíficas y cacerolazos hasta la muerte de personas, saqueos y destrucción masiva de bienes privados y públicos. A todos los hombres y mujeres de buena voluntad nos ha dolido lo que ha pasado, viendo a nuestro país y región tensionándose al extremo y perdiendo la concordia entre nosotros. A la hora de estar escribiendo esta columna y su publicación, son múltiples los acontecimientos que pueden suceder. Pero es mi deseo que a esta altura, el país se encuentre en plena calma, sin vandalismo y dialogando sobre el país que queremos con el fin de mejorar las condiciones de vida de todos los chilenos. Debemos ser muy claros en separar las legítimas demandas sociales expresadas en las marchas ciudadanas de los condenables actos vandálicos que asolaron a muchas ciudades de nuestro país. Los magallánicos ya tienen claro quienes han incitado a la violencia y buscan abogarse la representación del sentir de la gente para desestabilizar al país, en lugar de cooperar en superar la crisis y buscar fraternalmente soluciones a las demandas sociales que claman mejorar: las pensiones, la provisión pública de salud y educación, seguridad en nuestros barrios, la justicia y las condiciones de vida de todos los chilenos. El diagnóstico está hecho: “nuestro país aún no da cabida a que todos sus ciudadanos tengan la posibilidad de lograr sus sueños”, escribía el año 2008. Lo planteamos hace muchos años, desde mi cátedra universitaria de Desarrollo Económico donde analizábamos la desigualdad y creemos que hoy es ampliamente compartido por todos los sectores del país. Es irrefutable que el país ha avanzado enormemente en la últimas décadas y ha permitido la reducción de la pobreza y el surgimiento de una gran clase media, que hoy se lleva el gran peso del país. Esa nueva clase media surgida del mismo progreso del país, sacrificada y trabajadora, tiene expectativas renovadas y más altas. Pero a su vez, sus posibilidades son mermadas a consecuencia de una indeseable desigualdad, enfermedad corrosiva de la paz social. Ahora es tiempo de dialogar y reflexionar sobre el país que queremos y de cómo lo iremos construyendo en conjunto. Debemos ser inteligentes y no confundir las demandas sociales, que son transversales a los colores políticos, con el aprovechamiento de una izquierda extrema que busca saciar sus intereses particulares a costa de la inmensa mayoría de los chilenos que desean vivir en un país libre y justo, emprendedor y creativo, de mayores oportunidades para todos y en paz. Nosotros hemos planteado en la región la necesidad de analizar, dialogar y concordar sobre el modelo de desarrollo de Magallanes, encontrando notable interés en la gente común, pero nulo aporte de “líderes” políticos locales sean de izquierda o derecha. Creemos que es necesario elevar el debate regional, focalizado en nuestra realidad territorial más allá de la discusión nacional. Algunas de las preguntas que en conjunto debemos responder: ¿Cómo podemos impulsar el desarrollo social, el desarrollo económico sustentable, el establecimiento de un ordenamiento territorial coherente y perfeccionamiento de nuestras instituciones? Son preguntas que los políticos locales han eludido o no han sabido responder. Nosotros no cesaremos en dialogar y construir soluciones, porque entendemos que el porvenir de Magallanes y de Chile depende de todos nosotros.