El Chile que se nos viene

La
Revolución de los Pingüinos nos dio el puntapié inicial para que
comenzaramos a pensar en un país diferente y visibilicemos la enorme
brecha que hay en nuestra sociedad. Fue un grito de desesperación, pero
también de esperanza, de una juventud que nos acostumbramos a verla
pasiva, despreocupada y carente de la energía que tuvimos los que la
vivimos en dictadura, con todos sus riesgos y pérdidas. Los medios,
preocupados del crecimiento económico, no les dieron más cobertura que
la necesaria para reducirla a un exabrupto de la inexperiencia y, como
siempre, pantalleando a los encapuchados. Sin embargo, el clima estaba
cambiando. Los jóvenes se fueron fortaleciendo en la medida en que sus
sueños y derrotas comenzaron a invadir sus vidas y dañar a sus familias
que, en cadena, reaccionaron para llenar las calles en octubre de 2019 y
que nos tiene hoy en un proceso constitucional en el cual se han puesto
todas nuestras esperanzas. Quienes no han entendido este proceso y que
les cuesta soltar las amarras de la división política, social y cultural
que nuestra propia sociedad nos ha impuesto aún la miran con desgano,
desaprobación y perplejidad. Hay una crítica burlesca intensa por
quiénes son, cómo hablan, cómo se visten y qué quieren. Si piden
incrementos se les ataca como si quisieran implementarse un
autobeneficio como se acostumbró hacer en el Congreso. La falsedad se
expande y la gente se lo cree. De alguna manera se les mira como
representantes de segunda clase. No se les da el espacio necesario para
acomodarse a la nueva tarea, más aun que muchísimos de los
constituyentes no han tenido experiencia política previa. Por ello es
nuestra responsabilidad enseñar a nuestra sociedad que por esas mismas
razones se requiere el cambio que debe tener nuestro Chile, donde prime
la educación para que no se digan aberraciones como las que escuchamos;
donde prime la empatía para evitar la imposición de conceptos radicales,
y donde prime la misericordia para dar los espacios a todos los
sectores, reconociendo en el otro una persona que tiene plena capacidad
de exponer sus razones, a pesar de que no sepa hacerlo. Hemos aprendido a
enfocar al Chile que queremos desde la mirada de la distancia.
Pertenecemos a una región extrema y aislada y donde, además, vivimos con
un entorno prístino tan integral, que nos ha permitido ver el escenario
con una visión ideal de realismo mágico que no existe. Vivir así nos ha
convencido de que no existe un entorno plano, pues la inclemencia de
nuestro clima nos ha obligado a estar preparados para todas las
condiciones y debemos acomodarnos a las nuevas circunstancias. Nuestra
realidad nacional es demasiado dura y nos damos cuenta de que la
situación del resto del país está muy enrarecida y falta capacidad para
ver la profundidad de los cambios y muchísimos viven flotando sobre el
mar sin darse cuenta de la inmensidad de lo que existe en la
profundidad. Siento que nuestra nueva Constitución no podrá ser
implementada de la manera que esperamos hasta que no haya un recambio
social, cultural y de edad. El poder lo tiene en sus manos gente de
nuestra generación que se ha acostumbrado a condiciones sociales y
políticas que nos ha dividido entre gente de derecha e izquierda, y los
que no son de uno u otro lado quedan literalmente fuera. Estamos
inmersos en esa lógica y resulta imposible avanzar hacia una verdadera
sociedad reconciliada, porque nos acostumbraron a vivir bajo la bandera
de un determinado partido o pensamiento político, y salirse de allí nos
transforma en un paria, a pesar de los aportes que se puedan brindar. El
Chile que se nos viene no va a ser una receta aplicable de manera
inmediata a partir de lo que resulte de la nueva Carta Fundamental. Sin
duda habrá avances, pero el proceso será tortuoso porque por más deseos y
energía que exista, siempre habrá alguna posición interesada que los
retrase. Por ello estaremos expuestos a que los cambios generales reales
se habrán de producir solo cuando se produzca el recambio generacional.
No olvidemos que estamos comenzando a transitar hacia nuestra tierra
ideal y con una mirada de nosotros mismos distinta, y esto será tan
lento, molesto y cansador como lo fue la travesía de los judíos por el
desierto del Sinaí.

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