Es
imposible no comenzar retrocediendo el tiempo hasta finales del siglo
XIX, para decir con seguridad y firmeza que este territorio fue, es y
será chileno. Esta Isla de Navarino y todo su hermoso contexto de
soberanía la testimoniamos desde el momento que el Estado, con una
visión geopolítica, trajo a hombres y mujeres a vivir a este punto en el
mundo.
Frente
a la adversidad, los primeros tuvieron que hacer patria con las
complicaciones climáticas que siempre nos han acompañado. Las manos
trabajadoras supieron rápidamente establecerse como una zona ganadera,
productora de hortalizas, la pesca y la madera. Vínculo inquebrantable
con el paso de los años que sigue de generación en generación.
Soy
testigo de la porfía y del remar en contra la corriente cuando las
cosas eran más difíciles. Nuestras vecinas y vecinos siguen rindiendo
testimonio de entrega, dignidad y lucha para darle una mejor vida a sus
familias.
Acá
se han formado troncos de vida que son imposibles de derribar,
entendiendo que respiramos en un territorio del pueblo Yagán, que en
muchas ocasiones ha sido olvidado por el resto de Chile, pero que en el
sur del sur del mundo tienen la bandera de sus ancestros clavada en cada
corazón de quienes componemos la sociedad en Cabo de Hornos.
En
1953, bajo el alero de la armada, primero como Puerto Luisa y
posteriormente como Puerto Williams, el crecimiento poblacional ha sido
sostenido en el tiempo. Hemos ido tomando todos los resguardos
necesarios para que la misma llegada de personas, no afecte la flora y
fauna, nuestro hábitat sea respetuoso y responsable con el medio
ambiente de la reserva mundial de la biósfera nombrada por la Unesco.
A medida de mayor población, mayores son
las necesidades que van surgiendo, es así como en los últimos 8 años, y
con mucha fuerza impulsado por el Plan de Zonas Extremas, nuestra
ciudad se ha ido desarrollando.
El
tiempo transcurre y la añoranza a nuestras viejas y viejos vecinos que
ya no están, nos guían por la senda del respeto y tolerancia entre todos
los que hacemos comuna en el fin del mundo. Somos los herederos del
esfuerzo y pundonor que se refleja en los rostros de cuadros y
fotografías de los que tuvieron que partir.
Para
mirar hacia el futuro, siempre es necesario detenerse y ver nuestra
historia, nuestro pasado. Así se hace vida y cultura, siempre juntos a pesar de las dificultades y diferencias con las que hemos aprendido a convivir.