El crédito

¿Qué? ¿Cuál? ¿Cómo? ¡Todas las anteriores! De las diez acepciones que aparecen en el Diccionario de la Lengua Española, la primera refiere a dinero o cantidad de dinero que una persona presta a otra con acuerdo a ciertas condiciones. Y esta es, con seguridad, la noción que mayoritariamente se enseñorea en la memoria de todos, de muchos.

Hace unos días, mientras conducía mi automóvil y me acompañaba un nieto, a propósito de todo y de nada, en realidad de informaciones que conocía poco a poco desde la media mañana, dije en voz alta, que “el crédito se iba a las pailas”. Así lo dije, de sopetón, queriendo y no queriendo una reacción de mi circunstante acompañante de navegación, quien se distraía revisando su móvil luego de una larga tarde de actividades deportivas en su colegio. Y… ¡reaccionó!, ¡escuchó!, y me preguntó: ¿qué es crédito, tata? ¡Oh!, en qué me metí, díjeme. 

Había que responder. Le dije que la primera idea general asociada a la palabra crédito tenía que ver con actividad de negocio, de dinero que se pasaba de una mano a otra y que se devolvía según acuerdo entre dos.

Pero que también, la palabra crédito implicaba, principalmente, un acto de fe, de creer, que dar crédito es, en esencia, creer, dar fe de algo.

Y ya, derechamente, pasé a explicarle que el crédito, que el creer en las personas se está perdiendo, que antes, muchos años antes, bastaba con la palabra, bastaba con un apretón de manos, bastaba solo con un nombre, que no era necesario firmar un papel, menos añadir o involucrar en ello a otras personas. 

La palabra se ha desgastado, ha perdido su naturalidad. ¿Qué ha incidido en ello? Un factor, las comunicaciones a distancia han hecho su efecto. “Voy saliendo”, “Aún estoy en la oficina”, “Estoy en la biblioteca del campus”, “Estoy en un taco”, y tantas otras “imprecisiones”. 

Faltar a la palabra, es afectar la confianza, el creer, se menoscaba el crédito. 

Otro factor, el individualismo, el exacerbado individualismo. ¿Por qué exacerbado? Porque de ser un individuo, reconcentrarse en esa esencia lleva o produce efecto negativo al punto de no visibilizar al otro, al tú, al prójimo. Y ese distanciamiento crea o produce el efecto de minar la confianza o el crédito, ya que el desconocimiento o el distanciamiento de uno y otro, perjudica, daña el creer, el confiar, pues lo que antes era uno, un nosotros, ahora es definitivamente dos, dos individuos, dos personas distintas, diferentes, muy diferentes. Esta fragmentación incide en una desconfianza mayor, merma el crédito, el creer.

Se anuncia algo, quizás con cierto comedimiento o discreción, e inmediatamente, se desconfía, se quiere advertir cuál es la trampa, cuál es la “letra chica”. Si lo que se anuncia, dependiendo quién lo anuncie o con qué rimbombancia o parafernalia se anuncia, el descrédito aun puede ser mayor. 

¿Complejo? Sí, complejo. En buena medida, el crédito, aquí, allá y acullá, está vencido, gastado, ido. 

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