El Decamerón político

Mientras experimentamos esta especie de “purgatorio viral”, se puede advertir que -entre otros efectos- ha transmitido una visión pesimista, que se refleja en casi todos los diarios del mundo cada vez que publican en sus portadas las últimas cifras de muertes y contagios, como una especie de dieta comercialmente atractiva que piden los lectores, más aún si se ha demostrado científicamente que las malas noticias venden más que las buenas. En estos días ha llegado a mis manos un libro del joven historiador y pensador holandés Rutger Bregman, “La humanidad, una historia esperanzadora”, que nos plantea una idea tan intrínseca a la naturaleza humana que ha pasado desapercibida, una especie de idea radical, a veces negada por algunas religiones e ideologías, como así también ignorada por los medios de comunicación y a veces incluso también borrada de las crónicas de la historia. Esta idea fundamental señala que “en el fondo, la gente es bastante decente”, lo cual se refrenda en múltiples estudios psicológicos que demuestran que la bondad humana supera a la malicia. Quizás deberíamos considerar esta idea fundamental en todos los aspectos de la vida social, sobre todo cuando a veces se opina a la bandada acerca de las personas y sus necesidades, olvidando que “la pobreza y las necesidades actuales, no se basa en falta de carácter, sino que en falta de efectivo”. Bueno, más de alguien podrá decir que esto es simplemente una linda e inspiradora idea, justificándose en un existencialismo absoluto, pero aun así la esperanza y la bondad suelen ser más grandes. Sino recordemos a “La peste”, la famosa novela del escritor y filósofo francés Albert Camus, que nos narra la historia de personas que descubren la solidaridad en su labor humanitaria, en la cual el autor nos sorprende con una máxima fundamental: “En el hombre hay cosas mas dignas de admiración que de desprecio”. Tanta indiferencia y desconexión de las personas que tienen cargos de autoridad ya sea por nombramiento o elección popular, ha ido generando una especie de “habitus”, que conduce a una reproducción cultural y la naturalización de determinados comportamientos, que generan una atmósfera de violencia sicológica simbólica, indirecta, inconsciente y soterrada sobre los ciudadanos y la comunidad en general, que en nada se condice con la vocación de servicio público que implica la política. Dicho de otra manera, esta falta de empatía explica la incapacidad manifiesta de lograr acuerdos mínimos para generar las soluciones de sentido común que necesitan y esperan las personas. Es así como nos encontramos -por un lado- con una izquierda más trincherista y combativa, arrogándose la representación de los movimientos sociales, privilegiando la efervescencia y la agitación permanente, sobre las propuestas innovadoras y -por otro lado- una derecha poco actualizada, media trasnochada e incapaz de interpretar la realidad de un mundo que está en acelerado proceso de cambio. Ciertamente, la mayor parte de las personas parecen ser más sensatas que estas dos visiones sesgadas de la realidad. La sana esperanza que mantienen, los hace sentir que sus necesidades serán atendidas pronto, recibiendo como respuesta soluciones concretas basadas en propuestas viables. El político actual, al igual que en la 1° parte del libro “El Decamerón”, se está quedando solamente con la simple descripción de la peste y de los problemas, en la cual cada personaje político habla de lo que más le agrada y reditúa. Rousseau señalaba que “El hombre es naturalmente bueno. Es la sociedad que lo corrompe”. Pero si, entre todos nosotros, creamos una sociedad con valores sustentados en el bien común, tendremos una sociedad mejor. Esto nos conduce a considerar que la esencia del ser humano, es ayudar a construir una realidad más humana y una historia más esperanzadora.

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