Lamentablemente
como país, nos estamos acostumbrando a que los femicidios sean
prácticamente un número o una estadística lamentable, que obviamente
como sociedad intentamos bajar.
Muchos
esfuerzos hemos hecho para tratar de aumentar las penas o crear una
verdadera conciencia de que este tipo de situaciones no son normales
porque significa el quitarle la vida a una mujer, que no es de propiedad
de nadie y que tiene todo el derecho a vivir su vida de la forma que
más le sea cómoda.
Hay
un trasfondo si, que es el castigo que reciba el femicida y lo todo lo
que conlleva aparejado. Pero después de la detención, la formalización,
el juicio oral y la condena ¿qué pasa con los hijos de la pareja?
Ellos,
lamentablemente, quedan en la más completa indefensión, cuidados muchas
veces por sus abuelos, tíos o cercanos a la víctima.
Nadie
los ayuda, nadie. Hay un grave problema que trae cada uno de estos
femicidios donde los niños, las niñas y los adolescentes requieren de un
apoyo psicológico que resulta vital para su vida futura ya que muchos
de ellos, lamentablemente, fueron testigos del hecho de sangre que
terminó con la vida de su madre.
Además,
pasan por todo un proceso de revictimización porque la mayoría de las
ocasiones, son los únicos testigos del hecho y deben prestar declaración
una y otra vez, frente a distintos organismos, lo que obviamente genera
muchos sentimientos de culpa, frustración, pena y varias otras
situaciones que solo ellos o ellas lo saben y que deberán cargar por el
resto de su vida.
Y
también las familias que se hacen cargo de estos niños, niñas y
adolescentes, muchas veces sus abuelos que reciben pocos ingresos deben
sumar un nuevo tema – no solo psicológico – sino que también económico
porque los deben mantener y hacerse cargo de su nieto, sobrino o
conocido de su familia en todos los aspectos que implica la crianza de
un menor hasta su edad adulta y su independencia.
Como
autoridades creo que debemos avanzar en varios aspectos. Primero en
evitar su revictimización; segundo, un apoyo psicológico, pero de verdad
y para toda su vida; y lo tercero, una ayuda económica que, como
Estado, debemos ser capaces de entregar a cada una de las familias que
se hacen cargo de estos niños, niñas y adolescentes que pasan por esta
traumática experiencia.
Existen
ejemplos en el vecindario donde se ha avanzado en el tema. Por ejemplo,
Uruguay que entrega una ayuda que nos es muy grande en lo económico
pero que significa un pequeño aporte para aquellas familias que se deben
hacer cargo de la noche a la mañana de un tema que jamás esperaron.
Además
tenemos que ser capaces junto a la Subsecretaría de la Niñez y los
parlamentarios, de avanzar en el patrocino y urgencia de proyectos de
ley que están durmiendo en el Congreso donde justamente se busca ir en
ayuda de los menores y sus familias que viven este tipo de situaciones.
Insisto, no basta solo con que aumentemos las penas en contra de los
asesinos de mujeres, sino que también debemos ser capaces de generar un
todo que involucre a todos los que se ven involucrados en un hecho de
este tipo.
Voy
a reiterar una frase que ya la he utilizado en varias ocasiones: los
niños, las niñas y los adolescentes primero. Y en este caso, no debemos
olvidar ni a ellos ni a sus familias que se hacen cargo y que llevarán
consigo, toda su vida, el lamentable recuerdo de haber sido testigos de
un femicidio.