Ya nos situamos a casi 18 días del gran estallido social ocurrido en Chile, seguramente esas semanas de octubre de 2019, serán recordadas por mucho tiempo y pasaran a formar parte de los anales de nuestra historia reciente. Como ya fue expresado en las columnas “Santiago en Llamas I, II”. La violencia, los saqueos, el lumpen y la destrucción son del todo condenable y contrarios a la ética social.
De hecho la mayor parte de las declaraciones y opiniones de diferentes sectores de la sociedad se ha expresado en esa línea. No podemos detener el pensamiento y las ideas en la violencia opacando un sentir transversal y generalizado en la sociedad, que recorre todo el sistema y las capas de nuestro tan mal llamado tejido social, que al parecer era más bien una telaraña que un entretejido de puntos justos, homogéneos y solidarios.
La calma aparente ha vuelto pero obviamente estamos en presencia de otro Chile, que requiere más que nunca una mirada profunda, Inteligente y desapegada de algunos pretendidos dogmas. También requerirá otra forma de conversar y relacionarse, o de decir, por lo pronto, sería bueno que la clase política desencajada y carente de realidad por años cambie su lenguaje y cuando se refiera a Chile, no hable de “este país”, sino que se refiera a “nuestro país”, parece algo simple pero está lleno de simbolismos hablar de una u otra forma. (¿Espectadores o actores comprometidos? La aparente calma hay que fomentarla y cuidarla responsablemente, lo que no quiere decir inmovilidad y resignación esperando el sueño de los justos.
Se requieren iniciativas, esperanzas concretas y sobretodo dialogo fecundo y buscador de nuestro tan anhelado pacto social, que se pronuncie sobre las carencias e injusticia de la sociedad que hemos ido formando. No hacer esto sería simplemente conformarse con la paz de los cementerios. En analogía que la paz puede ser casi una utopía de los muertos (siguiendo a “La paz Perpetua”, obra de Emanuel Kant). La paz duradera, esa que aspiramos todos, se logra con tolerancia, respeto y mucho dialogo, pero verdadero ese que permite conversar para chequear ideas y descubrir si estamos equivocados, no de monólogos o de la simple espera de que el interlocutor termine de hablar. Nuestra democracia requiere mucha generosidad para superar esta profunda crisis, de institucionalidad, de credibilidad y de justicia social. Con pavor a veces escucho personas que soslayan el momento actual como una pequeña piedra, añorando volver pronto a su lugar de comodidad.
Que falta de conciencia, nuestro país ese que aspiramos que sea de todos, cambió. Lo peor que podría hacer la clase política es mantener el “statuo quo”, dejando simplemente que el tiempo pase, la verdad que eso sería otra muestra más de la terrible desconexión y deducción equivocada que como se tiene el poder o el cargo su visión de la realidad actual sería la más inteligente. Por lo pronto la clase política debería demostrar mayor iniciativa.
Como demócrata convencido soy de los que piensan que esta crisis se resuelve con más participación y democracia. Por lo pronto la Ley 20.500 de “participación ciudadana” debería ser fortalecida, en aras de lograr la conformación de nuestro verdadero contrato o pacto social. Los parlamentarios deberían hacer lo que se puede hacer hoy para solucionar los problemas urgentes de pensiones y salud.
Como nuestra Constitución es excesivamente presidencialista, tendrá el Ejecutivo dar el paso que corresponda. Sin embargo, los parlamentarios deberían como un símbolo de generosidad y aprecio por la democracia bajarse los sueldos y limitar sus períodos de reelección.