El día que nacemos traemos nuevas esperanzas

Llegué
a este convulsionado mundo en medio de una guerra de desastrosos
efectos materiales y con la pérdida de millones de ciudadanos que de una
u otra manera defendieron el terruño que los vio nacer, mientras que
en este otro lado del mundo nacían otros niños con la esperanza de vivir
en paz como alguna vez ellos la vivieron también.

Los
habitantes de esta parte de la tierra perdieron la vida a causa de la
ambición de poder que carcomía la mente y el corazón de algunos ilusos
que creyeron que podían imponer sus ideas y sus sistemas de vida como
ellos lo consideraban mejor para la humanidad, como si el planeta en ese
entonces hubiera estado plagado de insectos contagiosos a quienes había
que exterminar o simplemente creían que eran ellos los redentores
espirituales destinados a salvarlos de una muerte natural. Hoy día las
cosas no han cambiado mucho en la forma de pensar y actuar de muchos
líderes que se creen dueños de la verdad y no trepidan en exponer la
vida de sus ciudadanos para conseguir sus objetivos.

En
la actualidad hay más y mejor tecnología que en ese entonces en todos
los aspectos, pero, los métodos y las formas de enfrentamientos son tan
sofisticados que al primer intento de traspasar la línea
confrontacional, las multitudes salen en forma rápida y espontánea a
tomarse las calles a vociferar sus demandas y a reclamar sus legítimos
derechos a vivir en paz y a tener un planeta sin hambre y miseria donde
todos puedan usufructuar de las bellezas que aún van quedando en la faz
de la tierra para deleite de quienes puedan conocerlas y extasiarse con
ellas. Nací en una noche borrascosa del sur, y crecí bajo la atenta
mirada de mis abuelos.

El día
del parto había llegado y la expectación crecía en el medio familiar y
todo quedaba en las experimentadas manos de la “partera” que en ese
entonces hacía el papel de las matronas que hoy atienden en los
hospitales.

Todos
veníamos de cabeza abriéndonos paso sin claudicaciones ante los gritos
de alegría de las madres que esperaban ansiosas tan impactante y
esperado momento que las improvisadas matronas con ágiles manos sabían
recibirnos y darnos la palmada en las nalgas aún cubiertas por la sangre
caliente de nuestro enclaustramiento uterino, dando en esta forma el
primer llanto en un nuevo mundo demostrando con este grito que estaba
dispuesto a llenar todos los espacios de la pieza lúgubre que me recibía
con nuevas energías y esperanzas de un mundo mejor. Luego llegaba la
calma y todo era alegría por el feliz momento.- Había nacido un niño y
hoy cuando ya estoy al borde de volver al lugar de donde vine, quisiera
recordar y con mucha nostalgia, por cierto, cuando dí mi primer suspiro y
ese grito de esperanza y alegría fue el aliciente premonitorio de esta
larga vida que Dios me ha concedido de la cual espero irme en las mismas
condiciones que llegué a esta ignota tierra a la cual nos aferramos con
alegría y paz en nuestros corazones.

Es
la ley de la vida y hay que aceptarla como está preconcebida y por eso
dedico estos minutos que ella me otorga para recordar aquellos momentos
en que el cielo abrió sus espacios llenos de luz y supo darme las alas
para volar hasta lo más alto que pudiera y ahora estoy listo para
regresar y gritar desde el infinito, he cumplido mi misión en la Tierra y
por ella seré juzgado en el Más Allá.

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