El dinero no hace la felicidad

Para
Aristóteles existe una diferencia importante entre la satisfacción de
necesidades y la generación de dinero. La primera tiene un objetivo
claro, que se relaciona con bienes y servicios que permiten que nuestra
vida pueda continuar en el tiempo, mientras que la segunda no tiene una
existencia clara ya que es el hombre el único ser vivo que utiliza el
concepto “dinero” como mecanismo de intercambio. Por ello, frases como
el “Dinero hace la Felicidad” son falsas ya que el intercambio en el
mercado por medio del dinero es meramente instrumental.

Con
esta apreciación podríamos ir más allá y argumentar que el dinero no
tiene valor, ya que este concepto se debería relacionar con aquellos
artículos que nos permite la satisfacción de nuestras necesidades. Es
por esto que autores como Ricardo o Marx centraron sus estudios en
profundizar donde se encuentra la verdadera fuente de valor en nuestras
sociedades y sus respuestas se enfocaron en el trabajo. Algo de razón
existe en estos planteamientos ya que en la actualidad las naciones no
compiten por la generación de dinero, sino más bien por la generación de
competencias laborales. Incluso las empresas dejaron atrás aspectos
ochenteros como las guerras de precios para centrarse en la generación
de productividad en sus trabajadores y con ello generar una mayor
producción organizacional.

En
esta idea se reafirma que el dinero es tan sólo un instrumento -que no
tiene valor en sí- sino que más bien permite la adquisición de capital
que crea valor. Tomando nuevamente palabras de Aristóteles, el dinero
sin control acaba por torcer a la naturaleza erosionando los vínculos
sociales y creando distracciones que nos hace perder los reales
objetivos del vivir en sociedad.

Para
la economía moderna el ser humano se mueve en base a preferencias que
son individuales, siendo más específico este ser humano prefiere
combinaciones de bienes y servicios que él mismo puede elegir y para
ello el dinero entrega dicha libertad de elección. No obstante, aquí nos
viene bien realizarnos una pregunta: ¿Qué sucede cuando no existen las
habilidades y competencias necesarias para tomar dichas decisiones?

En
una interrogante como la anterior, debemos tener claro que la falta de
habilidades y competencias al momento de decidir lleva a que nuestras
elecciones en muchas ocasiones no sean las más adecuadas. Es indudable,
que los países que han mejorado y se han modernizado en gran medida lo
deben a la incorporación de mecanismos de mercado, como la expansión del
consumo y la mejora de sus condiciones materiales, no obstante, estos
aspectos no han ido de la mano con elementos éticos, morales y
culturales que preparen a nuestros compatriotas en sus elecciones y
preferencias.

Con
esto vemos, como los países entregan dinero por medio del Estado, pero
un dinero sin fundamento para muchas familias, es decir, hemos
condicionado a nuestra comunidad a que el dinero es la solución a sus
problemas -lo cual puede ser cierto en el corto plazo- no obstante, en
el transcurso del tiempo las familias ven como la falta de competencias
técnicas, financieras y hasta sociales generan un circulo vicioso que
provocan que nuestras familias más vulnerables deban esperar al menos
tres generaciones para salir de la dinámica de la vulnerabilidad.

Es necesario un cambio en nuestras políticas públicas.

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