El espejismo

Esta
semana nos hemos enterado de la aprobación preliminar de algunas
preocupantes iniciativas que buscan formar parte de la nueva
Constitución. Entre otras linduras, se pretende la nacionalización
inmediata de todos los recursos naturales del país. Quiero creer que la
idea se basa en la búsqueda de una mejor administración de la
explotación de los recursos y también una mejor distribución de la renta
asociada a su beneficio, aunque muy probablemente esté pecando de
ingenuidad. La cuestión no es tan simple, en primer lugar, todos los
recursos naturales ya son propiedad del Estado de Chile, y es el Estado
quien otorga derechos de explotación a cambio de una renta que está
asociada a la inversión de riesgo necesaria para la exploración y
posterior explotación, así que la “nacionalización” en realidad es la
expropiación de las instalaciones y equipos usados para la extracción de
recursos; en simple, no se nacionaliza el recurso, se nacionalizan las
minas, que es muy distinto.

Ciertamente
es siempre posible – y necesario – buscar un equilibrio que garantice
que el trato sea justo para ambas partes: el Estado y los
concesionarios, porque no hay mejor negocio que aquel en el que ambas
partes ganan, “win – win” como dicen los gringos, y por eso los
contratos debiesen tener cláusulas de revisión, sobre todo en el caso en
que las rentas percibidas por el privado sean extraordinarias gracias a
factores no asociados a la buena gestión. Por caso, la ocurrencia de un
hallazgo de tamaño y rentabilidad extraordinaria, por sobre lo
razonablemente supuesto al momento de otorgar la concesión, haría justo
que esa renta extraordinaria sea compartida con el dueño – el Estado – y
se modifiquen, por ejemplo, las regalías. En segundo lugar, no hay nada
que garantice que el Estado lo pueda hacer mejor o de manera más
rentable que el privado; ciertamente no es imposible; pero cuando el
operador no tiene incentivos reales para ser más eficiente y ganar más,
sino que en la práctica le da lo mismo que funcione más o menos bien
porque tiene su renta (o más bien la renta de sus empleados) asegurada,
es difícil que tenga la disposición a asumir riesgos u optimizar
gestión, y prefiera optar por cuidar su continuidad más que su
rentabilidad. Ejemplos abundan, acá y en casi todas partes, de empresas
estatales que engordan a expensas de mantener la actividad, no la
efectividad. Esa situación no es necesariamente mala para los
involucrados directos porque les provee seguridad; pero el balance más
macro es siempre malo. Seguramente hay excepciones; pero no hacen más
que confirmar la regla. Suponer que con nacionalizar un recurso
ganaremos todos es, simplemente, un espejismo; tal vez ganen unos pocos
empleados de las empresas que eventualmente se encarguen de eso; pero el
balance para el resto de los chilenos será malo: tarde o temprano
alguien tendrá que pagar la cuenta.

Sin
perjuicio de lo anterior, lo peor es que nadie invierte si teme que le
quiten lo ganado: una cosa es perder una inversión porque el negocio no
resultó; otra muy distinta es que llegue alguien y te expropie, te quite
lo que has conseguido. La riqueza no se genera sola, la renta es
siempre producto de la inversión y del trabajo, si no se invierte no se
puede crecer. La incertidumbre es, entonces, la principal amenaza al
crecimiento económico y las noticias recientes es algo que debiese
alarmarnos pues es la mejor re
ceta
para destruir la esperanza de ser un país próspero. Y, en el corto
plazo, es también la mayor amenaza que enfrentará el próximo gobierno,
que sin inversión puede caer en la tentación (o ¿necesidad?) de echar a
andar la impresora de billetes para mantener, al menos en la ilusión, la
esperanza de un Chile mejor.

Espero
que no nos dirijamos al falso espejismo de suponer que el Estado puede
hacer todo bien, y procuremos en cambio que haga bien lo que sí debe
hacer: generar las condiciones propicias para que lleguen inversiones
que generen crecimiento legítimo y sustentable, sobre la base de
ganancia y utilidad mutuas; y tener las herramientas para asegurar que
los privados desarrollen su actividad de manera eficiente y justa,
detectando a tiempo los eventuales vicios, colusiones, y otros males;
algo en lo que ciertamente, hasta ahora, ha fallado.

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