El Estado ilegítimo

La
violencia está desatada, es la mayor preocupación de los ciudadanos.
Nos sentimos abandonados e impotentes frente a la locura y al caos
abundante. Esta semana hemos visto atentados contra la propiedad privada
en impunidad, amenazas y abuso hacia las personas, sus vidas y su
dignidad, además del asesinato brutal de un carabinero, lo que nos
demuestra que la falla sistémica del Estado como un todo, al negar su
propio rol, deja a quienes creen aún en el deber en categorías de
mártires en defensa del deber ser.

El
primer rol del Estado es asegurar el orden público y garantizar la
seguridad de las personas. Es la razón profunda del por qué fue
inventado, las personas necesitan paz para poder trabajar y
desarrollarse. Por eso se decide entregarle el monopolio de la fuerza
para que con esto entregue la paz y tranquilidad necesaria.

El
Estado es una invención humana. Las personas espontáneamente nos
asociamos en comunidades, la sociedad civil se agrupa según sus
intereses, es el modo humano natural de integrarse como seres sociales.
En la historia, en la medida en que la población y las ciudades crecen
para asegurar el orden público, se le entrega poder al Estado para que
garantice la paz. Por lo mismo y para que nos sirva (son nuestros
servidores y no nuestros amos), se asume la legitimidad de pagar
impuestos, es decir, entregar parte de lo que nos es propio, el
usufructo de nuestro trabajo, a este Estado creado para que pueda
cumplir sus funciones.

Garantizada
la paz (el desde) puede abocarse a otras necesidades sociales para
asistir a quienes no pueden valerse por sus propios medios. Ese es el
acuerdo tácito y el fundamento de la legitimidad del Estado mismo.
Frente a los acontecimientos presentes cabe preguntarse si el Estado al
no cumplir con su mínimo deber sigue siendo legítimo. La verdad es que
no lo es. Si usted hace un contrato de compraventa, paga
y
no le entregan lo pactado, usted se siente estafado y reclama. Va a la
justicia y exige su dinero de vuelta. Eso es lo que pasa aquí. Si el
Estado no da el mínimo, entonces los ciudadanos comunes, esos de los que
el Estado vive, debiéramos cuestionarnos si seguir pagando impuestos.
Exigirles mediante una rebelión tributaria que cumplan sus deberes.

El
gobierno actual tiene una esquizofrenia desatada, tiene dos almas, no
solo en su coalición, sino en cada uno de sus integrantes. No se puede
ser, al mismo tiempo, gobierno y revolucionario, ese que llama a la
desobediencia civil, que fomenta de modo sistemático el odio a
carabineros y que defiende el derecho a manifestarse sobre cualquier
otro derecho. Es incompatible. El Estado implica ser todo lo contrario a
lo que ellos han sido y son. Implica responsabilidades que ellos por
esencia no comprenden y definitivamente carecen. La responsabilidad
implica hacer lo que se debe y no lo que se quiere. Y ellos son
voluntaristas y no racionales. En la vida humana es la razón la que debe
mostrarle a la voluntad el bien para que éste sea deseado por la
voluntad. El gobierno actual en su inmadurez sistémica primero desea y
luego actúa. Tienen un desorden en los apetitos y por lo mismo sus
errores son continuos. Su alma y sus vísceras les traicionan.

Hoy
aparecen defendiendo y apoyando a carabineros, cuando el odio hacia la
institución y la violencia contra ellos nace de las acciones
irresponsables y cuasi paganas de ellos mismos propiciaron. No solo los
acusaban de violadores sistemáticos de los derechos humanos y apoyando
el octubrismo hablaban de “quemar la yuta” y adoraban al “perro
Matapacos”. Quienes hoy gobier
nan abrieron “la Caja de Pandora” y se comieron la “manzana” el daño es total. Por eso no dan el ancho, ellos son el problema.

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