El eterno fracaso latinoamericano

Por
donde se mire, América Latina sigue sumida en la incertidumbre, la
inestabilidad política y económica. Sigue atrapada en el caudillismo, la
polarización, la demagogia, la pobreza, la corrupción, la anomia
jurídica y el crimen organizado. Sigue, además, entrampada en promesas
radicales que prometen el salto definitivo hacia la democracia plena, el
bienestar material y una vida digna, pero que sin embargo, la devuelven
al ciclo vicioso del fracaso marcado por el estancamiento económico y
el atraso institucional.

América
Latina lleva décadas sometida a redentores, de derecha o izquierda, que
prometen sacar a sus diversos países del fango del subdesarrollo. Las
derechas plutocráticas y las izquierdas matonescas terminan siempre como
oligarquías autocráticas, con partidos y constituciones ad hoc,
impulsando dinámicas populistas. Basta ver el modo irresponsable en que
Bolsonaro y López Obrador abordaron la pandemia del Covid para ver que
el populismo es algo transversal en el continente. Y es que el problema
de América Latina no se resuelve con más derecha o izquierda
simplemente, porque sus dificultades son profunda y radicalmente
institucionales.

Durante
décadas, América Latina ha depositado sus esperanzas para salir del
subdesarrollo en dos perspectivas: por un lado, proyectos globales
radicales, generalmente intervencionistas y estatizantes. Por otro,
perspectivas económicas que presumen que es suficiente un alto e
inorgánico crecimiento económico en un lapso determinado, sin considerar
la necesidad de desarrollar una institucionalidad que favorezca la
innovación o el desarrollo en I+D para darle sustento a tal crecimiento
en el largo plazo. En ambos casos se quiere ser como Nueva Zelanda sin
hacer lo que hace dicho país hace en términos políticos, sociales y
económicos. Peor aún, se refuerza el carácter extractivo de la
institucionalidad política y económica sin producir avances
generalizados y permanentes en las condiciones de vida de la población,
que no dependan del asistencialismo gubernamental. Así, los países
terminan bajo dinámicas oligárquicas, burocráticas y plutocráticas que
solo benefician a unos pocos, aunque sus gobiernos se definan como de
derechas o izquierdas. Es decir, terminan con lo que Acemoglu y Robinson
llaman instituciones extractivas. Quizás el ejemplo más patente de esto
es Venezuela antes y después del chavismo, donde el rentismo perduró
sin problemas y lo que se produjo fue el simple reemplazo de unos
oligarcas por otros en el poder político y económico.

El
caudillismo presidencial es una de las principales dificultades
endémicas del continente. Como si se tratara de pequeños semidioses,
cada tanto se asume que un presidente puede solucionar todo y por tanto
debe cambiar a todo sin respetar ninguna clase de contrapeso, norma o
límite a su gestión o sus afanes. Porque se presumen depositarios de la
voluntad popular. Esa justificación plebiscitaria, convertida en
proyectos globales radicales, solo se traduce en inestabilidad
institucional, con otros poderes del estado cooptados o disueltos, junto
con políticas públicas deficientes, extremas y contraproducentes en
términos económicos.

El
rentismo económico es otro problema endémico, que no se traduce en
reformas que apunten a desarrollar mejores instituciones, más modernas,
inclusivas, probas y eficientes, con una mejor infraestructura que haga
estables los efectos de los llamados milagros económicos. El Covid
mostró esto con brutal claridad. Incluso en Chile, según el Banco
Mundial, más de 2 millones de personas volvieron a una situación de
vulnerabilidad en pocos meses de pandemia. Así, si el crecimiento
económico no se vuelve inclusivo y se extiende institucionalmente para
estimular el desarrollo de habilidades y conocimientos que permitan
instituciones más robustas que favorezcan una mejor calidad de vida en
diversas dimensiones, tales milagros solo terminan siendo un voladero de
luces en un viejo gráfico. Eso, en parte, explica el enorme apoyo a
Pedro Castillo en la ruralidad peruana a pesar del llamado milagro
peruano de los últimos años.

América Latina parece volver al círculo vicioso de siempre. Entonces, en México, aparecen cabezas decapitadas en las
urnas; en Nicaragua, el régimen encarcela a los candidatos opositores;
en El Salvador, Bukele aumenta sus tendencias autocráticas; en Colombia
impera el caos y la violencia política; en Venezuela el socialismo del
siglo XXI agudiza la crisis migratoria; en Argentina, se creen europeos
pero se les pierden las vacunas; en Perú, ninguno de los candidatos
garantiza gobernabilidad; en Chile, estamos lejos del consenso
superpuesto de John Rawls para la C
onvención.

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