El fetiche de la unidad

Sabido el resultado del plebiscito recién pasado, en la derecha a sotto voce se escuchan recriminaciones, lamentos, frustraciones. Se apuntan unos a otros y la unidad del sector aparece como un antídoto que conjuraría malos resultados electorales. En una columna anterior comenté lo que sucedía en España, Argentina y Chile con Abascal, Milei y Kast respectivamente, que son percibidos como de extrema derecha (otra cosa es si esta percepción tiene base en la realidad). En estos países la derecha y el centro derecha tienen una relación algo problemática. La unidad de los partidos tradicionales de las derechas con Vox en España, La Libertad Avanza en Argentina y el Partido Republicano en Chile no es fácil. 

En el caso argentino dicha relación se compuso por medio del reparto del poder luego de la primera vuelta presidencial. El problema entonces se resolvió con una primera vuelta de por medio, que puso a cada fuerza política en el lugar que la ciudadanía les otorgó. Es decir, la unidad no se produjo de cara a la primera vuelta y las fuerzas de derecha se enfrentaron decididamente en dicha instancia. En el caso de España, la cercanía de Vox con el Partido Popular pudo haberles costado nada menos que la presidencia del gobierno. En la campaña electoral de este año se agitó con éxito el fantasma del extremismo que representaría el partido Vox. De manera que no sólo este partido bajó su representación en las Cortes, sino que impidió obtener una mayoría suficiente a las derechas, posibilitando la reelección del socialista Pedro Sánchez. En Chile el enfrentamiento entre Chile Vamos y el Partido Republicano ha sido una constante. De alguna manera hubo una tregua en el Consejo Constitucional, pero el resultado adverso en el plebiscito abrió de nuevo el debate sobre la conveniencia de una alianza entre estas derechas.

Como se puede apreciar, una alianza entre las derechas no es algo que per se deba realizar. No es la unidad por la unidad la que lleva a las coaliciones al éxito político. La unidad no debe usarse como fetiche. Cuando años atrás la Democracia Cristiana hizo alianza política con el Partido Comunista, el perjudicado fue sin lugar a dudas aquel partido, mientras el PC está gozando actualmente de buena salud. Sus electores percibieron que la DC se dejó llevar por la ambición de obtener votos, sin respetar sus ideas y su historia política. Dicho partido fue duramente castigado los años posteriores a tal alianza. Por eso pensar que la unidad sólo para efectos electorales será bien vista por los electores, me parece un error. Hoy la ciudadanía está más atenta y está buscando volver a la moderación que representa el centro político. Desea alejarse de extremismos y maximalismos. Una lección que dejaron los dos procesos constitucionales, es que si bien la ciudadanía premia los acuerdos, también desea que estos acuerdos se firmen dentro del centro político.

Los llamados entonces a la unidad de las derechas deben tomarse con prudencia. Cada partido dentro del amplio arco derechista y centro derechista debe analizar con cuidado sus alianzas políticas futuras. La demanda por moderación luego de más de cuatro años de duro enfrentamiento entre los políticos, es insoslayable y debe atenderse. Y si ello significa renunciar en principio a alianzas que en el papel parecen beneficiosas, es la mirada mediana y larga la que debe tenerse en cuenta.

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