Las analogías que se pueden hacer a luz de los acontecimientos son muchas y dependen de la experiencia y acervo de cada uno, obviamente se corre el riesgo de equivocarse sobrevalorando o disminuyendo algunos hechos, en busca de una posible similitud. Mirando en perspectiva los acontecimientos de nuestro país y sin pretender reincidir en análisis, la primera analogía que inunda mi pensamiento, es un clásico de la literatura que leí hace muchos años, “El Gatopardo”, (el leopardo jaspeado) de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (escritor italiano, nacido en Palermo, 1896–1957), reeditado el 2019 por la Editorial Anagrama, en una nueva versión revisada de Gioacchino Lanza Tomasi, con el posfacio de Carlo Feltrinelli.
En reducida síntesis, la trama de esta novela del subgénero de la ficción literaria versa y se ambienta en la Sicilia de 1860, “en la cual el tiempo parece transcurrir con parsimonia en estas tierras, marcadas por los ritmos de una campiña de árida belleza y un orden social inamovible, cuya cúspide ocupa la aristocracia terrateniente. Pero, la historia está a punto de dar una sacudida con el desembarco de Giuseppe Garibaldi. Mientras don Fabrizio, Príncipe de Salina, hombre imponente, orgulloso, sensual y lúcido, patriarca de una de las familias más poderosas de la isla, contempla impertérrito estos tiempos convulsos que acaso supongan el hundimiento de su mundo o tal vez traigan cambios que en realidad permitirán que todo siga igual.
Mientras tanto, su impetuoso sobrino Tancredi abraza la causa garibaldina y se enamora de Angélica, hija de un advenedizo social…….”. Novela polémica en su época, rechazada en un principio por las editoriales Einaudi y Mondadori, fue publicada póstumamente en 1958 por la editorial de Giangiacomo Feltrinelli, en 1959 obtuvo el Premio Strega, y en 1963 el director de ópera y cineasta italiano Luchino Visconti, la adaptó genialmente al cine. Un verdadero clásico indiscutible. Esta obra ambientada en la Unificación italiana, ha pasado a definir en ciencias políticas “el cinismo”, de cómo los partidarios de un régimen autoritario, se amoldan al triunfo inevitable de los cambios, utilizándolos a veces en su propio beneficio, representada en la frase: “Que todo cambie para que todo siga igual” (Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi).
A veces el problema para los protagonistas de la política, es quien tiene la manivela del poder y no el bienestar de los representados, esto me recuerda también la publicación en “Las Avispas” del periodista y novelista francés Jean – Batiste Alphonse Karr, “cuanto más cambie, es más de lo mismo”. Se corre el riesgo también que pueda cambiar solo el aroma y el color, pero no por eso se debe temer a caminar, moverse y modificar algunas estructuras que se han ido oxidando por la indiferencia, la falta de consciencia, la opinión ramplona, el desprecio a los derechos humanos, el arribismo, el egoísmo, la intolerancia expresada en las redes sociales, pero por sobre todo por la madre de todas las anteriores, “la ignorancia supina”, de cómo se armonizar, contribuir a la paz y a un verdadero contrato social, que no pase por la utilización de la fuerza bruta de la violencia, sino que por el diálogo y la sabiduría de la razón. Mirando retrospectivamente, nuestro país en los últimos treinta años ha crecido pero al mismo tiempo ha dejado temas muy abiertos y postergados, no reconociendo que las sociedades son dinámicas, cuando se sube un humilde escalón del desarrollo, las necesidades son otras, no reconocerlo es como barrer el piso y esconder la suciedad bajo la alfombra. El desafío es practicar la tolerancia activa, pensando en cómo avanzar para lograr soluciones a la explosión social y canalizar mejor las demandas a través de la profundización de la democracia.