El gran engaño

Desde que el hombre habita esta tierra ha tenido que trabajar para ganarse
su sustento. El esfuerzo y el mérito organizaron las sociedades
jerarquizadas y el sentido de individualidad. El valor de las cosas se
tenía claro ya que para lograr una meta implicaba trabajo orientado a
cumplir un anhelo, material o espiritual. En todos los casos siempre
implicaba un esfuerzo. Muchas de las cosas que hoy asumimos como
evidentes, son muy nuevas en la historia, sin embargo, el hombre y el
problema humano es exactamente el mismo desde la caverna hasta hoy.

Para
ejemplificar, nunca nadie tuvo acceso al crédito, es una genial
invención en el tiempo, que implicaba mostrar alta solvencia para poder
acceder. Por lo que quien anhelara algo debía trabajar y ahorrar para
lograr ese fin. Esto respondía a la naturaleza de las cosas. Trabajo,
Esfuerzo, ahorro y la recompensa al final. Gratificación asegurada. Hoy
el mundo del crédito permite el disfrute inmediato y luego el tener que
pagar el costo de lo que ya se disfrutó, sin un brillo al final del
camino. Esta inversión de los factores genera ansiedad y frustración sin
duda. Sin tener conciencia que la frustración surge por la inversión de
los factores y la falta de conciencia de los beneficios del crédito y
de sentido de la responsabilidad y realidad. Falta educación financiera,
sin duda.

Debido
a que el trabajo, el esfuerzo, el mérito y el ahorro eran la tónica
había una real conciencia del costo y valor de las cosas. Se entendía lo
evidente, nada es gratis en esta vida. Hoy esa certeza evidente se ha
perdido. Muchos creen que existe lo “gratis”, sin entender que siempre
lo pagan las personas, antes desde impuestos o después. Nada es gratis.
Pero nuestra sociedad está confundida cree que el mundo les debe algo
por el hecho de existir, y eso no es así. Cada uno debiera intentar dar
su mejor esfuerzo y creatividad para dejar alguna huella en este mundo.
La deconstrucción no sólo ha minado al ser en sí mismo, sino también el
actuar y el concepto de deber ser. Se ha eliminado cualquier aspiración
de autosuperación, intentando establecer que se puede vivir sin
trabajar. Eso es falso y nos quita la opción de construir una vida de
logros que se llene de dignidad. Si, la dignidad no es material, no
depende de lo que tengas, sino que es intrínseca del ser humano y sólo
cada persona se la puede dar o quitar y sin duda el trabajo y los logros
dignifican y generan orgullo, elevando la autoestima. Dando fuerza y
perseverancia cuando los objetivos no se logran de modo rápido. ¿Quién
dijo que era fácil? Nada es fácil, y el ser humano no valora lo fácil,
sino aquello que le ha costado esfuerzo y trabajo.

Hoy vemos
nuevamente a los secundarios, esos jóvenes engañados que no tienen
sentido de realidad, protagonizando un acto de evasión masiva. Asumiendo
que el mundo les debe algo y que ellos están en su derecho de exigirlo.
Lo cierto es que ellos deben estudiar y esforzarse. Dar lo mejor de
ellos para crecer como personas. Pero ahí están evadiendo, no pagando lo
que corresponde. Reclamando por las exigencias y haciendo petitorios
absurdos y alejados de la realidad. Esta noticia contrasta con el
trabajo desplegado en la sociedad civil para ayudar a quienes se han
visto afectados por los temporales e inundaciones. Los estudiantes
activistas movilizados no son solidarios con nadie, son egoístas. No
dejan estudiar a sus compañeros que, si buscan surgir por sus méritos, y
condenan a las familias que han trabajado con el norte de esperanza de
un mejor futuro. Destruyen en sus protestas la propiedad pública y
privada y no les importa el esfuerzo de las personas. Estos jóvenes
ideologizados que no entienden la realidad y que aún más triste,
envenenados desde el cerebro, no tienen capacidad de entenderla. Ahí
está la culpa de los activistas adultos que han utilizado a estos
jóvenes, poco pensantes, como carne de cañón para lograr y forzar ellos
la transformación social utópica anhelada. Una idea disociada de la
realidad. El gran problema es que el mal avanza no solo cuando los malos
actúan, sino cuando los buenos dejan de actuar. La pregunta es ¿cuándo
la sociedad civil condenará en todos los casos estos abusos y
atropellos de los llamados estudiantes?, ¿cuándo la ley permitirá que
sean castigados y que deban reparar el daño causado pagando
monetariamente lo que destruyen? Es hora en un Chile despierto de aislar
a los subversivos y vándalos y llamarlos por su nombre y co
mprender de una vez por todas que sin trabajo y mérito no hay sociedad, ni felicidad.

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