Este
martes un grupo de 34 constituyentes articulados bajo el rótulo “La
Vocería de los Pueblos”, pertenecientes en su mayoría a “La Lista del
Pueblo” (incluida la constituyente por Magallanes Elisa
Giustinianovich), entregaron sus definiciones respecto a la Convención
Constitucional. Dentro de ellas, se encuentra el desconocimiento del
Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución del 15 de noviembre de 2019,
que incluye materias tan fundamentales como la regla de los dos tercios,
la hoja en blanco y el plebiscito de salida. El argumento fue que “el
proceso abierto por los pueblos no puede ser limitado a la redacción de
una nueva Constitución bajo reglas inamovibles”. Lamentablemente, estas
definiciones destacan no solo por la falta de entendimiento de cómo y
para qué fueron electos, sino que también por su tufillo totalitario.
Lo
primero que salta a la vista es la facilidad (y prepotencia) con la que
estos constituyentes se arrogan la representación popular. No cabe duda
de que todos ellos son legítimos ganadores de las elecciones. Pero una
cosa es ganar una elección y otra muy distinta es ser la encarnación del
pueblo. A este respecto, no debemos olvidar que la Lista del Pueblo
obtuvo un poco más de 900.000 votos de un total de 15.000.000 posibles
(algo así como un 6%). En el caso de Giustinianovich, obtuvo 4.262 votos
de un padrón de 160.000 (menos de un 3%). Suficiente para resultar
electa, pero no para arrogarse la voluntad popular. En otras palabras,
hubo muchas más personas que no votaron por la Lista del Pueblo que las
que sí lo hicieron. Paradójicamente, fueron las reglas originadas en el
Acuerdo por la Paz, que “La Vocería de los Pueblos” pretende desconocer,
las que permitieron que existieran representantes electos con tan baja
votación.
Pero
quizás lo más preocupante de “La Vocería de los Pueblos” es lo poco que
entienden sobre la naturaleza del poder y la tarea que les toca
realizar. De hecho, bastaron un par de días para que, después de haber
bebido de la copa del poder, varios constituyentes parecieran haberse
emborrachado de él. Con declaraciones altisonantes que van en la misma
línea de lo señalado por “La Vocería de los Pueblos”, personajes como el
abogado Stingo o Baradit se apuraban en anunciar el advenimiento de los
puros, dejando entrever que lo que iba a predominar era un clima de
revancha (o derechamente de venganza), mostrando un ánimo de dominación
de talante totalitario incompatible con la deliberación democrática. Y
no cabe ninguna duda de que si este es el ánimo que primará en la
Convención, las probabilidades de llegar a buen puerto son muy bajas.
Aristóteles ya decía que el poder y la pasión pervierte a los
gobernantes y hasta a los mejores hombres. Por lo mismo, el estagirita
sugería que es mejor que gobierne la ley y no las personas ya que esta
es “la razón sin deseo”. Es esta autoconciencia de las limitaciones de
las pasiones humanas y del efecto del poder en ellas de la cual carecen
los 34. En ese sentido, el acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución
tenía un sentido claro: terminar con la barbarie mediante un
procedimiento reglado en el que prime la deliberación y no la fuerza.
Pero la ambición y el hambre de dominación siempre pueden más.
En
suma, no hay muchos motivos para estar optimista. La democracia
representativa en parte descansa en la calidad de sus representantes y
tenemos un grupo significativo de ellos que, en buen chileno, ya “mostró
la hilacha”. Es de esperar que “La Vocería de los Pueblos”, que después
de todo es una minoría, no logre contaminar a los demás constituyentes.
De lo contrario, corremos el riesgo de caer presa de discursos
totalitarios que terminen dinamitando nuestra democracia. No debemos
olvidar que fue el discurso antipartidista el que llevó al poder al
partido Nazi en Alemania, y que una de las consignas más repetidas por
Hugo Chávez en Venezuela fue “el pueblo soy yo”.