El inolvidable don Pepe

Tenía
más pinta de haber sido republicano que franquista. Se definía como
ateo, en todo caso; lo que me hace suponer que no comulgaba con hostias,
palabra que solo repetía como insulto, acompañándola de un “coño”
españolado. Debe haber llegado joven a Punta Arenas, porque cuando lo
conocí tenía unos setenta años y estaba jubilado, creo que de AS-MAR.
Sin embargo, su biografía era extensa y, a menudo inverosímil, ya que
contabilizando su variada experiencia se hubieran sumado fácilmente unos
100 años.


Solía contarnos haber hecho de todo en la vida, de marino mercante a
amansador de potros, chofer de camión, capataz de estancia, cocinero y
grumete en España, y también mercachifle en algún lugar de Argentina.
Don Pepe era un hombre bueno, jovial, simpático y charlatán como él
solo.

Caminaba
agachadito, tocándose la espalda, porque sufría de ciática, decía, y
mostraba la faja que le sujetaba la columna y sus pantalones anchos.
Algunos lo llamaban “condorito”, por la nariz aguilucha que deformaba su
rostro pequeño. Vivía en una casa muy humilde, de madera sin pintar, de
propiedad de los curas, un poco hundida en la esquina de Arauco y
Boliviana, contigua a la de los Galindo por abajo y, a la de Mateo Buric
por el costado. José Álvarez estaba casado con una señora muy discreta,
la que no veíamos nunca. A la que sí veíamos, y nos deleitábamos
mirándola, era a su hija, Pilar, una morena guapa que vestía pantalones
ajustados y blusas ceñidas al talle y pechos. No había un solo muchacho,
de aquellos que se paraban en la esquina a conversar con don Pepe, que
no quedara boquiabierto con su belleza y estampa.


Por las tardes de verano, el gallego sacaba un banquito de su casa y se
sentaba frente a la puerta; los jóvenes lo rodeaban para escucharlo y a
menudo reírse de sus gentiles embustes. A mis 7 años, yo observaba
desde lejos, pero escuchaba todo y lo iba guardando en mi mente cual
tesoro. Probablemente, yo le creía al pie de la letra y sus historias me
entusiasmaban. Contaba haber cazado pumas con cuchillo, “así de
enormes, coño…” y las tormentas del golfo de Penas, habían sido las más
fuertes de la historia, sobre todo aquella que los hizo recalar en una
isla donde se había alimentado únicamente de choros durante semanas.

Don
Pepe había estado apagando todos los grandes incendios, más bien
dirigiendo a los bomberos de la Compañía de calle Colón, “y el viento,
¡hostia, cómo soplaba!” Una vez le escuché explicar las causas del
terremoto del 60. “Os digo, son los rascacielos que construyen en Nueva
York; están haciendo contrapeso sobre este lado de la tierra, ¡joder!”.
Sabía de hípica y de fútbol, pero le gustaba enseñarnos “cosas de la
ciencia”, como decía, y se embarcaba en explicaciones sobre las
estrellas, los cohetes soviéticos, la biología y la mecánica de los
barcos, lo que nadie de nosotros entendía. Él hablaba y hablaba, y solo
hacía pausas cortas para poder respirar o encender otro cigarrillo, de
la cajetilla amarilla con bodes café, los famosos “Premier”, sin filtro,
los que se consumían en un santiamén. Durante varios años, don Pepe
asesoró a Segundo Ruiz como dirigente del Club San Miguel, dando más
instrucciones que el entrenador de turno.

Hasta
que un día cualquiera, comenzaron a pavimentar la calle, los curas
vendieron la cancha y las casas aledañas con sus enormes quintas
sembradas de papas rosadas. Y Pepe Álvarez desapareció del barrio, se
esfumó entre las nuevas construcciones, sin que nos diéramos cuenta, a
fines de los 60. Al pasar por ahí, ya no quedan rastros de ese caserío
de tablones oscuros y solo imaginamos al anciano bonachón, sentado en su
banquito de madera, contándonos historias. Nadie supo dónde se marchó
ni cuándo lo hizo definitivamente de esa esquina que era suya y que se
quedó huérfana del hombre bueno que con su labia iluminaba nuestras
prolongadas tardes de ocio. Aunque, no descarto que, en una de esas, lo
encontremos por ahí, en otra esquina, rodeado de adolescentes,
conversando alegre, acompañando sus palabras con las manos,
probablemente con el pucho ya apagado entre los labios.

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