La
“humanidad” nos habla de ser capaces de sentir afecto, comprensión y
solidaridad hacia las personas. Efectivamente, de acuerdo a mi
experiencia vivida en más de un año de pandemia, he podido comprobar que
dichos valores han salido a la luz, en los momentos más difíciles de la
crisis. He podido observar a gente ayudando a sus vecinos y a adultos
mayores, la municipalidad tratando de llegar con ayuda a los más
necesitados, las juntas de vecinos organizando actividades voluntarias
en beneficio de los que no tienen nada.
En
mi opinión, a aflorado la solidaridad de un pueblo acostumbrado a las
catástrofes, pero que siempre ha sabido levantarse ante la adversidad.
Cuando la ayuda no llega, se organiza para que los más vulnerables no
queden desprotegidos. Es un país donde muy pocos tienen mucho y muchos
tienen muy poco, por lo tanto, no queda otra opción que apelar a la
empatía de las personas.
También
he sido testigo del gran compromiso de las comunidades educativas para
no interrumpir el aprendizaje de los niños y jóvenes, pero no tan sólo
eso, sino que también se han preocupado de ser pilares emocionales de
los estudiantes y han debido adaptarse a una forma de vida a la que
nadie estaba preparado, con muchas restricciones e incertidumbre. El
desafío ha sido compatibilizar las cuarentenas, el temor al contagio y
las clases remotas. Los docentes han debido convertir sus hogares en
verdaderos “centros de operaciones” y han tenido que atender las
necesidades de sus alumnos, padres, apoderados y sus familias, muchas
veces dejando de lado a sus propios seres queridos. He visto el
cansancio, no tan sólo físico sino que también mental.
Asimismo,
el gran esfuerzo que ha hecho el personal de salud es sin duda de lo
más plausible, con escasez de recursos, pero con un tremendo espíritu de
servicio, donde han sido prácticamente las familias de los enfermos de
Covid y algunos, lamentablemente, han sido
los últimos que han despedido al que ya partió. Se ven agotados e
impotentes ante la imprudencia o “audacia” de algunos. Los contagiados
no son solo una fría estadística, sino que también hay hogares detrás de
cada uno de ellos.
Lo que me ha enseñado la pandemia es que somos vulnerables y frágiles, no somos inmortales,
somos apenas un punto en el universo, no nos creamos más que eso, si
apenas un virus microscópico ha dejado al planeta prácticamente
paralizado, no es una guerra nuclear, es peor, porque no se ve, pero sí
se podría evitar. Debemos amar más que nunca a nuestras familias y
cuidarlas, porque de un día para otro puede cambiar todo, tenemos que
disfrutar de las cosas simples, porque nuestro paso por este mundo puede
ser más corto del que uno piensa. El que tiene más recursos y es más
poderoso no puede comprar una vida, somos todos seres humanos, el
Coronavirus no hace ninguna distinción, ataca por igual a ricos y a
pobres, a los de tal o cual partido político, a los religiosos o a los
no tanto. Cuidémonos y cuidemos a nuestras familias ahora, mañana será demasiado tarde.