El largo recorrido de una constitución

Falta
poco menos de un mes para conmemorar un nuevo aniversario de nuestra
Independencia nacional, aquella que dio inicio a una etapa de nación
libre y soberana, una expresión que por tiempo escuchamos, repetimos y
asimilamos de manera casi automática, sin reflexionar mucho sobre el
fondo de su significado, que va bastante más allá de entonar el himno
patrio o el respeto a nuestros símbolos.

Y
es que se trata de frases que engloban un amplio sentido a aquello de
la liberación y que tanto esfuerzo y ahínco prodigaron los próceres
para otorgarla y consolidarla. En tanto lo de soberanía, nos remite al
objetivo más preciado que por fin permitiría a esta colonia austral,
tomar sus propias decisiones sobre su futuro inmediato e iniciar un
largo peregrinar en beneficio de su desarrollo, no solo económico,
también aquel que tiene relación con la lengua, cultura, costumbres, y
por supuesto, las bases de la construcción de una identidad propia.

Identidad
y personalidad como nación, para ello y por ello se materializaron por
fin los propósitos libertarios que habían dado vida al incipiente país.
Ahora, había que darse a la tarea de darle forma y vida. Para lo cual,
era dable generar una carta de navegación que permitiría en el tiempo,
ofrecer a sus futuros ciudadanos, lineamientos, normas y criterios bajo
los cuales se regiría la convivencia nacional.

Para
tal efecto, se requería del concurso de entendidos e ilustrados de la
época que se pusieran a disposición para elaborar una carta magna y que
con el tiempo fuera reconocida como, Constitución Política del Estado.

Transcurridos
poco más de dos siglos, la historia nos encuentra abocados a una tarea
similar, pero al parecer, más compleja e intrincada que antaño. Las
miradas y perspectivas de país son tan diversas y se generan desde
múltiples campos de acción y con ideologías no siempre enmarcadas en
principios que por tiempo han sustentado a la nación chilena.

El
debate irrumpe pretendiendo dar un vuelco modificando costumbres y
modismos, pasando por encima de lo que ha sido nuestra identidad y que
ha permitido ser un ejemplo para el resto de naciones en el entorno más
inmediato.

Aquello,
trajo como consecuencia, un primer intento fallido de querer
“refundar” una estructura que ha soportado los embates de los temporales
(conflictos), políticos, sociales, económicos, culturales y de cuanto
pueda imaginarse uno que en el transcurso de la vida de un país pueda
ocurrir.

El
presente nos encuentra atravesando por una segunda instancia, luego que
la primera fuera fuerte y contundentemente rechazada. Y era que no.

La
idea hoy, aunar criterios, consensuar opiniones y plasmarlos en un
texto que permita visualizar la nueva personalidad que ostentara a
partir de diciembre, el Estado de Chile.

¿Será mucho pedir que permitamos a los responsables llegar a buen puerto con la tarea que se les encomendó?

Si
los primeros intentos por enmarcar la independencia en un documento
constitucional tras la vida colonial, fueron una respuesta a las crisis y
los conflictos propios de la época, la actual discusión debería estar
centrada en una mirada de futuro, que permita corregir errores, las
omisiones y las demandas contemporáneas con una perspectiva amplia que
apunte hacia un horizonte que recoja las necesidad de nuestras
comunidades y de la sociedad en su conjunto.

Contenido relacionado

Envíanos tu denuncia o información AVISOS ECONÓMICOS