El mal de la intolerancia e intransigencia

Durante
el último tiempo se ha instalado en nuestra sociedad una intolerancia e
intransigencia que cada día se ve reflejada en distintas instancias en
nuestra cotidianidad, situación que no nos puede dejar indiferentes ya
que nos afecta en las relaciones personales y en la sana convivencia que
debe prevalecer entre todos, mucho más allá de nuestros pensamientos y
creencias, ya sean políticas, religiosas, culturales, etc.

Esta
reflexión la hacemos al recordar el triste espectáculo vivido la semana
recién pasada en la Convención Constitucional, oportunidad en la cual
un grupo de convencionales y asesores funaron públicamente y por
diferentes vías a sus pares, y el motivo, por no haber votado como ellos
querían, utilizando diferentes calificativos, entre ellos de traidores.

Creemos
que independiente de quién tengan la razón o no, pues no estamos para
defender o tomar una postura al respecto, lo que estamos viviendo con
esta intolerancia y negativas reacciones, junto con llamar nuestra
atención, nos debe llevar a una reflexión para tratar de entender qué
está pasando, por qué en este último tiempo pensar o actuar distinto a
otra persona se convierte en enemigo. Son las preguntas que de seguro
muchos nos hacemos, pero que no encontramos repuestas.

Lamentablemente
estas reacciones por imponer posturas distintas a las mías no solo se
dan en al ámbito político, sino que también en otros sectores de la
sociedad, como, por ejemplo, los hechos que durante los últimos días se
han registrado en algunos liceos emblemático de Santiago, en donde
grupos de estudiantes por imponer sus demandas, que por cierto pueden
ser legítimas, destruyen instalaciones de sus colegios y en el exterior
queman micros de la locomoción colectiva… nos preguntamos si estos actos
se justifican para imponer una postura o una demanda, ciertamente no.

Pensar
distinto no significa ser tu enemigo. Dejar que otros den una opinión
no significa que renunciemos a nuestras opiniones, pero debemos ser
tolerantes y aceptar que no todos están obligados a actuar como yo
quiero y pienso, de lo contrario nos convertiremos en tiranos, lo que
sin duda no ayuda a una sana relación.

No
podemos seguir aceptando que cuando uno piensa diferente y expresa su
postura con respeto, tenga que estar expuesto a descalificativos de
quienes tienen una postura distinta, pues no aceptan y lo encasillan en
un bando de los malos, los enemigos, los traidores, por el solo hecho de
pensar distinto; es decir, cero tolerancia.

No
puede ser, por ejemplo, como es el caso de las redes sociales, que la
libre expresión de pensamientos e ideas expresadas en un debate serio y
responsable hoy en día esté siendo secuestrada por algunos que se creen
dueños de la verdad, como una especie de un monopolio de la opinión.

Alguien
dijo una vez que “opinar con libertad y decir lo que se piensa, por
supuesto con respeto, no es agresión, ni menos una guerra. Se sienten
agredidos los intolerantes, los intransigentes, quienes tienen problemas
de argumentación y no están dispuestos a aceptar la diferencia”.

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